Mi nombre es Rubenia Castro y soy de Honduras. Me casé a la edad de 15 años con un hombre del EL Salvador. Nos mudamos a ese país cuando yo tenía 19 años. Mi esposo y su familia eran de dinero pero el gobierno les quitó todo lo que tenían en Honduras, así que nos tuvimos que ir en 1969 a El Salvador a empezar de nuevo. Los primeros años que vivimos en el Salvador fueron normales. Después, las cosas malas comenzaron a suceder. La guerra empezó en un ciudad llamada Toma de Aguilares, antes se llamaba Aguilares, pero el nombre cambio porque fue tomada. Las guerrillas se apoderaron de la iglesia y mataron al sacerdote de ahí. Ahí es donde empezó. El grupo empezó a torturar, a violar y a matar mujeres y niños. Por eso es que la ciudad se llama Toma de Aguilares porque fue allí donde las matanzas empezaron. Tengo un amigo que era guerrillero. El nos decía lo que sucedía con los militares. Yo no había estado en favor de los poderosos. Yo estoy en favor de los pobres. Si yo no hubiese tenido hijos me hubiera unido a las guerrillas porque en ese tiempo yo creía que eran buenos pero también eran criminales.
En aquel tiempo no importaba lo que hicieras, eras acusado de ser guerrillero o militar y ellos torturaban a la gente y la mataban. Yo fui testigo de cómo el líder de una tropa fue sacado de su casa y torturado. Ellos le arrancaron las uñas antes de matarlo. Ellos lo torturaron horriblemente, fue horrible. Una de las cosas que estuvieron mal es que las guerrillas reclutaron a niños de 6 y años. Cuando la gente regresaba de la capital a Tecunia en el camión, ellos paraban los camiones en el camino. Teníamos miedo porque los rifles eran más grandes que los niños. Temíamos que ellos los dispararan y nos mataran.
Recuerdo las experiencias que tuve cuando viví en una ciudad llamada Tamuca, cerca de la capital. Ahí las guerrillas tomaron la ciudad, empezaron a tumbar las puertas de las casas y a matar a las personas. Eso fue horrible para mí porque yo sabía que iban a tomar mi casa. Ellos tenían bombas, ametralladoras y rifles. Nosotros nos metíamos debajo de la cama, temblando de miedo. Mi esposo sabía que lo querían matar porque se hizo amigo de los militares. El sabía que ellos nos matarían a todos, el sabía que pasaría y yo también. Mi esposo tuvo una noche de terror. En la mañana fuimos afuera a ver las calles y vimos lo que había pasado. Muchos guerrilleros estaban muertos y muchas otras personas también. Algunos guerrilleros mataron a militares en las calles. Los amarraban a la parte trasera de una camioneta, los arrastraban hasta el cementerio, los aventaban en un gran agujero y los quemaban ahí. Los militares llegaron, eran muchos, venían de la capital y estaban afuera de nuestra casa.
En la ciudad de Guatapa, no sé exactamente cuál era el problema que mi esposo tuvo con alguien, pero una noche fueron a nuestra casa a matarnos. Llegaron a la casa como a las 7 de la noche. Tocaron la puerta, solamente uno de los militares entro, tenía un rifle. Mi esposo también tenía una pistola. El quería matarnos pero mi esposo agarró su pistola y lo mató. Después de eso, el tuvo que irse si no los militares lo matarían. El se estaba escondido no muy lejos y supo lo que estaba sucediendo. El sabía que ellos me interrogarían, preguntarían por qué se fue, donde estaba, y si no les decía me matarían.
Yo le dije a los militares que si me mataban que no lo hicieran delante de mis niños porque yo no quería que ellos presenciaran el asesinato de su madre. Los tres soldados llegaron, uno de ellos era el “patriarca”. La elite de la ciudad eran amigos de nosotros, el comandante le dijo a ellos, ustedes no la van a matar ni a tocarla, ustedes no lo van a hacer porque nosotros respondemos por ella. Ella no tiene nada que ver con las guerrillas. Para presionar a que mi esposo se entregara, ellos me llevaron prisionera y me mantuvieron esa noche. Dejé a mis niños con los vecinos. Cuando estuve allí, ellos me interrogaron, preguntas y más preguntas. Cuando mi esposo se dio cuenta, el se entregó con la condición de que ellos me dejarían ir y no le harían nada a él. No sé qué pasó, pero lo dejaron libre. En realidad no sé si el hombre estaba drogado o por cual razón no quiso matar a mi esposo. Fue cuando nos fuimos hacia la frontera del Salvador con Honduras.
Creo que fue en 1975, el año cuando mataron a monseñor Rivera. Yo vivía en Guatapa en una casucha en un rancho pequeño. Las guerrillas llegaron ahí también. Nosotros teníamos unos amigos, los guerrilleros se llevaron al esposo, amarraron a los niños, y se llevaron a la esposa para violarla. Dios la iluminó y la cuidó, porque ella les dijo que tenía cáncer y por eso no le hicieron nada. Los guerrilleros iban a todas las casas y violaban a las mujeres y niños. Yo vivía en una angustia constante. Nadie era bueno. No se puede decir que luchaban por la justicia, era puro vandalismo y crimen. No vi nada positivo en esa guerra. Todo lo que presencié fue una guerra de crímenes y delitos.
Como dije antes, yo estoy en favor de los humildes porque nosotros, los pobres, tenemos que defendernos a nosotros mismos de los poderosos. Los poderosos tratan de lavarles el cerebro a los pobres, los humillan y pisotean. Eso pasó todo el tiempo. Es por eso que no me agradan los sacerdotes y las monjas. La gente que es devota de la fe católica ven a los sacerdotes y monjas como algo sagrado y creen que todo lo que dicen es la verdad. Las monjas y los sacerdotes les lavaban el cerebro y la gente les creía todo lo que decían. Ellos tuvieron mucho que ver con lo que sucedió en El Salvador.
Otra de las experiencias que tuve fue la muerte de una de mis amigas frente a sus hijos. Ellos también se unieron a las guerrillas porque pensaban que eran buenas. También un hombre, el cartero de esta ciudad, ellos se subieron a su auto y lo mataron con una ametralladora. Esa fue una mala muerte y muchas otras cosas horribles que pasaron. Algunas muchachas que conocíamos, las vimos en las orillas del río. Sus cuerpos estaban desnudos porque habían sido violadas y después torturadas y por último darles un tiro en la cabeza. Una chica, vecina que conocí, ellos la mataron abusando del poder que tenían. Ella era la esposa de un militar. La violaron y luego le dispararon en la cabeza. Otra cosa que viene a mi mente es como cuarenta personas fueron decapitadas. Sus cuerpos estaban tendidos en el camino. Es por eso que estoy traumatizada. He visto tantas injusticias cometidas por los ricos en contra de los pobres. No vi absolutamente nada bueno en esa guerra, todo lo que vi fue genocidio. Era tremendo, diariamente veíamos los cuerpos de los muertos en las calles. Un día salí a las seis de la tarde con mis hijos más grandes, los guerrilleros empezaron a atacar mientras estábamos en la calle. Estábamos lejos de nuestra casa, fue un horror, corrimos y corrimos. Las calles parecían alargarse por el terror que tenia. Tomé a mis hijos de las manos, uno en cada lado, y corrimos hasta que finalmente llegamos a nuestra casa.
Cuando vivimos en Citala y las guerrillas tomaron esa región, no puedo decir que fueron malos ahí. Ellos no molestaban a la gente y nosotros no nos metíamos con ellos. Nos acostumbramos a vivir ahí pero siempre con el miedo de que los militares llegaran a quererlos sacar y otro ataque fuera a comenzar. Tengo un hijo, mi segundo hijo, el es muy valiente. El se acercaba a los guerrilleros y les pedía que lo enseñaran a disparar un rifle. Yo tenía miedo y vivía en terror pero no decía nada porque si lo hacía ellos pensarían que me oponía a ellos. Le dije a mi hijo que las armas no eran buenas, que sólo servían para destruir y causar dolor, pero él quería aprender a disparar y a hacerlo en su niñez. Cuando ellos estuvieron ahí en la frontera, al menos mientras yo viví ahí, ellos nunca nos molestaron. Durante la feria de la ciudad, ellos estaban ahí observando que nada pasara. Después, en un lugar llamado Las Palmas, ocurrió el primer enfrentamiento y el ejército empezó a negociar con las guerrillas. Conocí a uno de ellos ahí y le pregunté porque había tanta crueldad y crimen y porque estaban ellos envueltos en eso. El me preguntó si yo había experimentado la masacre o la muerte de algún familiar asesinado por el ejército. El me dijo que había visto a los militares matar a su familia. Era por eso que el odiaba al ejército y cuando la oportunidad de unirse a las guerrillas llegó, él lo hizo.
Lo peor de todo fue que los Estados Unidos, un país de democracia, tuvo mucho que ver con en esa guerra. Uno de los del alto mando en el ejército dijo que recibiría órdenes de sus superiores para hacer pedazos a las guerrillas y que estaba interesado en comprar armamento. Hubo muchos rumores y un coronel menciono que los EEUU estaba involucrado. ¿Cuál fue la razón por la que el sacerdote Rivera fue asesinado? A él no lo mataron salvadoreños, el fue asesinado por gente de otros países. Ellos fueron contratados sólo para matarlo. Exactamente como pasa en los países árabes y lo mismo pasó en Nicaragua. Por eso fue que los Estados Unidos le dio ayuda a Nicaragua y El Salvador, por el sentimiento de culpabilidad por haber apoyado a los militares.
En la capital, muchas monjas fueron asesinadas en un convento. Esos crímenes son atribuidos a los militares. Hoy en día he escuchado que quieren hacer al Monseñor Romero un santo, qué horror, como pueden hacer eso cuando él contribuyó a los crímenes y la crueldad. Los católicos y la mayoría de los líderes religiosos tomaron ventaja de los débiles que creían en ellos ciegamente. Si lo mataron, fue porque él estaba involucrado, el tuvo mucho que ver con las cosas horribles que pasaron.
Personalmente tengo algunas experiencias que me han afectado profundamente. Mi esposo manejaba un camión y los militares se lo quitaron. Esos hombres ni siquiera eran de El Salvador. Un hombre de Honduras estaba parado a un lado de mi esposo y ellos lo mataron porque estaban tratando de matar a mi esposo. El ejército mató a mi marido. Tal vez ese era su destino. Lo peor de todo es que le dispararon por la espalda, no le dieron tiempo de defenderse. Mi hijo mayor era un niño cuando vio como los militares mataban a su padre. Mi otro hijo vio a su papá cuando lo llevaron a la casa. El no comía, no dormía ni hablaba. El era muy cercano con su papá y quedó traumado. Mi hijo mayor se volvió muy violento y cada vez que veía al hombre que mató a su papá o a su familia, él quería matarlos. Lo lastimaba demasiado ver a la familia del hombre que había matado a su padre. Finalmente uno de sus maestros me dijo que me lo sacara del país, así que me lo llevé a Honduras.
En 1988 aproximadamente, regresé a Honduras y me quedé con mis padres. Todos nos quedamos con mis padres (Rubenia y sus cinco hijos) en un cuarto pequeño en la casa de mi mamá. Mi hijo empezó a trabajar cuando tenía 12 años en una tienda de llantas. Yo trabajaba en una fábrica pero mi salario no era suficiente para sostener a mis hijos. También trabajaba para mis hermanas, tratando de obtener más dinero para mantener a mis niños. Eramos muy pobres y yo tuve que venir a los Estados Unidos. Lo que me hizo dejar a mis hijos para venir acá fue que no tuvimos nada que comer por dos días y una de mis hijas me preguntó: cuando vamos a tener un refrigerador lleno de comida como el de mi tía. Con el corazón destrozado dejé a mis hijos en Honduras. Vine a EE.UU con una visa de turista y cuando expiró me quede ilegalmente. He estado aquí desde 1990. No sabía inglés y no tenía documentos, así que tuve que aceptar el primer trabajo que pudiera. Empecé a trabajar como niñera y haciendo limpieza por $5 dólares la hora. Tenía dos trabajos y les mandaba todo mi dinero a Honduras para mis hijos. Tenía que cumplirles las promesas que les hice. Yo quería asegurarme de que estuvieran bien cuidados y obtuvieran una buena educación. La educación es muy importante para mí. Cuando vine a EE.UU me quedé con mi hermana. Ella vive en Oakland en una casa muy bonita. Ella me corrió de su casa en tres ocasiones. Cada vez que lo hacía, yo regresaba porque no tenía en donde quedarme. Finalmente, me mudé con el hombre con el que vivo ahora. Más por conveniencia, para compartir el gasto de la renta. Es más bien una relación de conveniencia.
He estado en los EE.UU aproximadamente 17 años. Desde entonces sólo he dejado de trabajar por 4 meses debido a una discapacidad. Cuando me fui de Honduras mi hijo más pequeño tenía 12 años. Ahora tengo dos de mis hijos aquí, ilegalmente, trabajando por $10 dólares la hora. A pesar de que fueron a la universidad, reciben salarios muy bajos porque no tienen documentos legales y los empleadores sacan ventaja de eso. Como se puede ver, aquí también estamos siendo explotados. Nuestra propia gente nos pisotea. Nuestra propia gente nos explota. Le pagamos a un coyote para que trajera a mi hijo para acá. Estoy triste porque mi hijo tiene su licenciatura y está aquí trabajando en un empleo sin importancia y en donde le pagan muy poco. El está yendo a la escuela para aprender a hablar inglés. Hace 3 años que vino mi hija. Ella fue a la escuela y ya habla inglés. En este país sin documentos legales no tenemos futuro. Estoy enojada porque si en nuestro país los poderosos no fueran tan deshonestos, corruptos y opresivos, nosotros no nos veríamos forzados a irnos e inmigrar a los Estados Unidos.
Mi suerte a cambiado, tengo un trabajo en donde limpio casas y un edificio. La compañía es justa, tengo vacaciones, aseguranza médica, días libres, y muchos otros beneficios. No tengo al patrón vigilando todo el tiempo. Mientras hagamos bien nuestro trabajo, no se meten con nosotros. Es un buen lugar. Mi hija también es buena trabajadora. Ella encontró un trabajo en una fábrica de ropa, cosiendo. Tengo un hijo en Italia, es un profesionista; y otros hija e hijo en Honduras. Mi mamá sufrió un fuerte accidente y no pude ir a verla porque estoy tratando de obtener mis documentos legales. No pude ir a verla porque entonces el proceso se pararía. Veo este país (EE.UU) como una prisión de oro.
Han sido muchos años sin poder ver a mi familia. El dolor que siento es mucho y me lastima. Soy criticada por que dejé a mis hijos y no los he visto, pero ellos no tienen idea por lo que he pasado. Estando aquí he sufrido mucho porque no sé hablar inglés. Mis hijos ya crecieron y la situación está cambiando. Yo no tengo casa, pero pronto lo haré; estamos en el proceso de comprar una casa en estos momentos. Ahora me siento más optimista porque mis hijos están progresando. Ellos tienen trabajo aunque les paguen poco. Me siento diferente porque estamos marcados por nuestras experiencias. Yo estoy marcada por la guerra y toda la violencia. Muchas personas están marcadas física o moralmente. Y pensar que los poderosos y los Estados Unidos, un país democrático, tiene tanto que ver con todo eso. Por eso tuve que dejar mi país. La política es un factor determinante en los empleos que se obtienen en Honduras. Inclusive si se tienen estudio, no tenemos oportunidades. Están los muy pobres y luego los que tienen muy buenos trabajos y hacen mucho dinero. Tengo familiares en Honduras muy educados y que tienen licenciaturas pero no consiguen trabajo. El Salvador es un país de gente trabajadora, no tiene ninguna envidia de los EE.UU. Pero porque en nuestros países, los poderosos explotan a la gente pobre, tenemos que venir a este país. En Honduras, probablemente en todo Centro América, las personas mayores de 35 años no pueden obtener un trabajo. Mis hermanas son profesionistas y tienen buenos trabajos, están bien.
Esta conversación me ha ayudado porque usualmente no habló de mi vida, pero me siento mejor. Me ha servido para desahogarme. Realmente no me gusta hablar de mis cosas personales. He sufrido mucho con mi hermana aquí. Ellos, los que son ricos, tratan de humillarnos, pero yo creo que todos en este mundo somos iguales. Vine a EE.UU a trabajar. No vine aquí a sentirme superior que alguien más o a enriquecerme y comprar un auto nuevo. Vine aquí para mejorar las vidas de mis hijos. Ni siquiera sé cómo manejar un auto. Mis nervios están destrozados y no puedo manejar. Pasé el examen escrito, pero detrás del volante no puedo. Mis nervios están destrozados por todos los crímenes y las atrocidades que presencié. Las experiencias que tuvimos son muy dolorosas. Algunas personas se volvieron malas y amargadas, yo no. Sin embargo, si alguien me ataca, yo me defenderé.
Rubenia vive en Oakland en un estudio pequeño entre la comunidad latina. Ella está en el proceso de obtener su residencia permanente para vivir en los Estados Unidos y comprar su propia casa, en el área de la bahía. Ella tiene una hija y un hijo viviendo con ella y los ve con frecuencia. También tienen un hijo y una hija en Honduras y un hijo en Italia, a quienes no ha visto desde 1990. A pesar de las experiencias horrorosas que pasó, Rubenia mantiene una mentalidad positiva de la vida. Es optimista y tiene una agradable disposición.