Yo, Omar Melgor, un inmigrante salvadoreño. Huyendo de una vida de pobreza y necesidad, dejé mi casa en El Salvador con la esperanza de poder darle a mi familia una vida mejor de la que yo tuve cuando era un niño en El Potrillo, El Salvador. Cuando era niño, vivíamos en una casa pequeña de tres habitaciones, llena de hermanos y hermanas, había poca privacidad y espacio individual. En total éramos ocho niños y mis padres viviendo en nuestra casa. Nosotros no compartimos nuestra casa con otros miembros de la familia, pero se esperaba que cuando los chicos crecieran y se casaran, traerían a sus mujeres a vivir con la familia. Nosotros vivíamos en un lote pequeño y cultivábamos la tierra disponible. Para complementarnos alquilábamos el terreno de otra persona.
Trabajar nuestras tierras nos hacía sentir orgullosos de nosotros mismos. Eramos muy afortunados de tener nuestra propia tierra y nos ayudaba a mantenernos. Cultivar la tierra era la labor principal de nuestra familia. La agricultura era la cosa más importante en nuestras vidas aparte de la familia, ya que era la forma en que sobrevivíamos. Sin la posibilidad de cultivar la tierra hubiéramos carecido de sustento. Mi familia cosechó muchas cosas cuando yo era pequeño, pero recuerdo que generalmente cosechábamos frijoles y verduras para comer. No era extraño que una familia que vive en El Portillo tuviera un hogar pequeño lleno de niños y que todos ayudaran con las labores diarias de la granja. Debido a esta necesidad de la tierra, muchos niños, incluyéndome yo, rara vez llegan lejos con su educación. En ese tiempo yo estaba en tercer año de primaria, tuve que dejar de ir a la escuela y empezar a trabajar en la granja. Aprendí algunas habilidades matemáticas básicas, así como la capacidad de leer, pero desde ese entonces no he regresado a la escuela para seguir mis estudios. Tengo un hermano que se quedó en la escuela hasta el séptimo año, pero eso no era común. Después de que llegué a Estados Unidos me inscribí en algunas clases de inglés, pero como era tan difícil me salí después de sólo una semana de clases. De niño, la agricultura era más importante que la educación, ya que proporcionaba la comida, como adulto, es lo mismo. Si quiero seguir trabajando, entonces, obviamente no puedo asistir a la escuela. Aunque yo no pueda continuar mi educación, siento que es muy importante que la gente se eduque en su juventud. Después que me hice adulto, me casé y formé una familia.
Fue en este momento que los sueños de crear una vida mejor para mi esposa e hijos entraron en mi mente. Desafortunadamente, el gobierno de El Salvador intervino y me llevaron lejos de mi familia y de la granja. Me obligaron a hacer mi servicio militar. El grupo al que me asignaron se llamaba “Senfa” y casi todo lo que hacíamos era formación básica. Funcionarios de los Estados Unidos, a los que llamábamos “gringos” eran los encargados de nuestro entrenamiento básico. Fui a un campamento de entrenamiento donde nos tenían aproximadamente tres meses, nos daban formación básica para la guerra y el armamento. Mientras estaba ahí no tenía ningunas responsabilidades, tal vez si me hubiera quedado esto habría cambiado. Lo único que sabía era que mi esposa estaba en casa y estaba lista para dar a luz a nuestro segundo hijo. Por esta razón pedí un permiso para ausentarme de la formación básica y me lo concedieron. Solo estuve activo en el ejército por dos meses, pero ese poquito tiempo sirvió para que me diera cuenta que eso no era lo que quería de mi vida. Mientras estábamos en el ejército teníamos que proteger a los ricos aunque a ellos no les importábamos nosotros los pobres. Yo no tenía voz en lo que estaba haciendo, sólo nos hacían seguir sus pasos. Ya que tenía una buena razón para irme, y se me concedió el permiso, me fui a casa para estar en el nacimiento de mi niña. Nunca me reporté de nuevo a mi puesto militar después de su nacimiento, por el contrario me fui del país.
Ahora que tenía dos pequeños para cuidar, además de mi esposa, realmente tenía una buena razón para pensar en hacer algunos cambios en mi vida. Sólo tenía veintiún años en ese tiempo, estaba lleno de juventud y optimismo, y finalmente tome una decisión que cambiaría para siempre mi vida y la de mi familia. Después de pensarlo mucho, decidí salir de El Salvador y venir a los Estados Unidos como uno de mis hermanos ya lo había hecho. Justo después de que mi hija nació contrate un coyote para que me llevara a los Estados Unidos. Para comenzar, tuve que pagarle al coyote la mitad de sus honorarios por adelantado y la otra mitad se la pagaría una vez que comenzara a trabajar en los Estados Unidos. Al final, me tomaría más de un año para pagar el saldo que le debía.
Mi travesía a los Estados Unidos empezó sin demasiados problemas. Al principio, mientras viajé por los países de Centroamérica utilicé mi tarjeta de identificación para cruzar las fronteras. Viajé sólo con una mochila pequeña y poco dinero, no tenía muchas cosas conmigo que me recordaran a mi hogar y a mi familia. Fue muy difícil, acababa de conocer a mi niña pequeña y ahora tenía que dejarla y no sabía cuando la volvería a ver. Estaba triste y emocionado al mismo tiempo. Algunas partes del viaje fueron difíciles, cuando llegamos a las sierras teníamos que cruzarlas caminando en el frío. Hacía tanto frío que a veces casi nevaba durante el viaje. La parte más difícil de mi viaje fue entrar a México y cruzarlo. En la frontera mexicana mi identificación no me permitía entrar sin una causa justa. Debido a esto tuve que colarme en México y todo el camino a través del país antes de llegar a los Estados Unidos. Durante mi estancia en México, hubo personas en mi grupo que se rindieron y se regresaron a casa. Estaban demasiado cansados para continuar, se habían quedado sin dinero o simplemente se habían rendido, cada quien tenía sus razones personales. Caminé mucho pero corrí con la suerte de no ser detenido en una redada. Hubo momentos en que funcionarios mexicanos atacaron los lugares en que nos ocultábamos y se llevaban a las personas para deportarlas.
Cada vez que esto sucedía teníamos que huir, yo nunca fui atrapado. A veces los funcionarios se llevaban a algunos de nosotros en custodia, casi como si fueran a usarnos de ejemplo, daba miedo. Después de mucho caminar y de gran ansiedad, finalmente llegué a la frontera entre México y Estados Unidos. Era el año 1991, tenía veintiún años de edad con una esposa e hijos en El Salvador, y ahí estaba yo alejándome de ellos cada vez más. Entré en América por medio de un agujero en la valla fronteriza por el estado de Arizona. Una vez en los Estados Unidos, tenía un destino en mi mente. Todo lo que tenía que hacer era llegar a mi hermano que ya vivía en California con papeles de residencia. Para poder hacer esto, tuve que buscar un trabajo para poder financiar el resto de mi viaje. A pesar de que no tenía papeles, no era tan difícil encontrar un trabajo y pronto pude ahorrar el dinero para ir a la casa de mi hermano. En California me sentía seguro en el hogar de mi hermano. En El Salvador, mi esposa e hijos estaban felices de escuchar que mi viaje había sido seguro y en cuanto encontré un trabajo comencé a enviarles dinero a ellos. Cada mes envío dinero a casa a mi esposa e hijos. A pesar de que no puedo estar con ellos saben de mi amor por ellos a través de las cosas que les proporciono. Como envío dinero a casa, ellos pueden tener una vida mejor, más terreno y la capacidad de alimentarse a sí mismos. Si yo no estuviera trabajando aquí estas cosas serían mucho más difíciles. Yo he podido regresar a casa y visitarlos dos veces desde que llegue aquí en 1991, pero eso es todo. Las dos veces que he visitado, he podido ver a mi familia y disfrutar de ellos. Ahora tengo otra hija, pero al igual que los otros sólo la he visto una o dos veces en su vida. Viajar de ida y vuelta de los Estados Unidos a El Salvador ha sido más y más difícil, ya que he envejecido. Los coyotes a los que les pago cada viaje ayudan a planear los detalles, pero sigue siendo muy difícil. Me he perdido gran parte de sus vidas por vivir en los Estados Unidos, pero ellos han podido vivir una vida mejor gracias a ese sacrificio. En los próximos años planeo jubilarme de mi trabajo aquí y espero volver a casa y vivir de nuevo con ellos. Mi familia tiene una casa y tierras gracias a mi estancia aquí, cuando regrese a casa planeo trabajar las tierras para poder sobrevivir y pasar el resto de mi vida disfrutando a mi familia. Nunca ha sido mi plan permanecer en los Estados Unidos es por eso que nunca me he traído a mi familia. Como no he tenido a nadie que me ayude a obtener la ciudadanía he estado aquí sin papeles durante todo este tiempo. Traje a mi hijo a vivir aquí, para que él también trabaje y ayude a mejorar el bienestar de nuestra familia. Gracias a mí, ahora tengo primos que viven cerca de mí. Muchos de ellos trabajan en la misma empresa que yo y pueden proporcionarles a sus familias lo mismo que yo. El hogar es donde está mi corazón y mi plan es regresar ahí un día muy cercano. Hacerme un ciudadano de los Estados Unidos no es lo que más deseo en la vida, yo solo quiero vivir el resto de mi vida en El Salvador con mi esposa e hijos.
Coyote: persona a la que se le paga para pasar ilegalmente por la frontera méxico-estadounidense