Migration Story
California State University East Bay 
       

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María García 

Escrito por: Alex Rodríguez
Traducido por: Alba Victoria Rivera

Yo tenía que tener un puesto de frutas y verduras en frente de la casa para poder ayudar a mi mamá

Mi nombre es María García, y mi apellido de soltera es María Ríos. Yo nací en Managua, Nicaragua el 2 de junio de 1960. Mi infancia no fue ordinaria como la de los demás, todo era una lucha porque mi mamá no tenía dinero. Éramos pobres, mi mamá no podía alimentarnos como ella quería. La leche no era una cosa común que nosotros podíamos tener. Raramente podíamos tenerla y era como un lujo. Lo que si comíamos mucho era “piñoncillo” que es maíz mezclado con cacao, azúcar y agua. El agua en sí tampoco era lo suficientemente buena, y cuando comíamos esto teníamos una sensación caliente en el estómago que no se sentía bien.

Recuerdo que mientras crecía mi mamá constantemente nos alimentaba con huevos, arroz y frijoles. Carne en muy pocas ocasiones, era muy rara la vez que la comíamos. El queso también era un lujo para nosotros, pero no era el queso que comemos aquí que típicamente es queso mozarela. Las galletas de soda también eran parte de nuestra dieta regular. Si no teníamos cosas para comer disfrutábamos el queso seco. El pollo también era un lujo para nosotros, no lo comíamos tan seguido como nos hubiera gustado.

La educación era algo muy importante para mí pero no era una prioridad en los ojos de mi madre.  Lo que generalmente sucedía era que cuando yo estaba en clase, ella venía y me sacaba. Ella tenía muchos niños y necesitaba que yo le ayudara a cuidarlos para que ella pudiera trabajar. Ante esta situación yo siempre quería hablar y preguntarle porque me sacaba de clase pero finalmente siempre terminaba pidiéndole que me dejara ir con mi tío Henry. Él es el primo de mi mamá que creció con ella, ella lo veía como un hermano. Tenía doce años cuando decidí que quería que me dejara ir a vivir con él. Terminé viviendo con él, cocinaba y limpiaba para él mientras asistía a la escuela. Nunca supe lo que mi madre tenía que hacer para ganar algo de dinero.  Era un gran sacrificio lo que mi mamá tenía que hacer para que pudiéramos sobrevivir. Tenía que tomar píldoras para mantenerse despierta mientras trabajaba. También tenía que tomar píldoras para dormir, físicamente se tenía que sacrificar demasiado por mis hermanos y por mí. Recuerdo a mi mamá trabajando en talleres que la hacían trabajar de noche, tenía que dormir durante el día. Recuerdo lo mucho que tenía que ayudar cuidando a mis hermanos. Otras de las cosas que tenía que hacer era cocinar, lavar y limpiar.

Aunque yo era la hermana mayor comencé a desarrollar una imagen materna. Tenía que hacer lo que fuera necesario para ayudar a mi familia. Como mi madre tenía dificultades para conseguir dinero, yo ayudaba. Es triste que aún cuando trabajábamos teníamos dificultades para conseguir comida. Yo tenía que tener un puesto de frutas y verduras en frente de la casa para poder ayudar a mi mamá. Haciendo esto aprendí a ayudarla cuando ella necesitaba dinero. Tenía dinero extra para darle y apoyarla. En total somos nueve de familia, ocho niñas y un niño. Cuando se trataba de finanzas teníamos que decidir entre comer o comprarnos ropa. La única ayuda que recibíamos de la familia era la de mi abuelo, siempre nos mandaba bolsas de ropa y zapatos. Si los zapatos no nos quedaban teníamos que aguantarnos.

Durante la década de 1970, cuando los talleres ya no ofrecían trabajo, mi mamá y yo íbamos a los hoteles y trabajábamos de empleadas de limpieza. Después de ver sangre en las sábanas del hotel nos dimos cuenta que los agentes del gobierno de Somoza y los miembros del ejército llevaban mujeres ahí a hacer sus negocios. Mi mamá a veces tenía que trabajar mientras estaba embarazada de mis otros hermanos. Otra cosa que también nos ayudaba era que mi abuelo nos mandaba dinero. Mi gran oportunidad fue cuando yo vivía con mi tío Henry. Mi abuelo vino de visita y yo le dije que quería ir a estudiar a Estados Unidos. Recuerdo que le rogué para que me llevara con él, hasta le prometí que le cocinaría y limpiaría. Finalmente mi madre logró conseguir  los documentos y le dio a mi abuelo el derecho para llevarme con él  a Estados Unidos con una visa de turista.

Cuando mi padre se marchó, constantemente le enviaba cartas para que no se olvidara de su promesa. Cuando llegó el año 1976, lo recuerdo diciéndome que yo había sido aprobada para venir de visita a Estados Unidos por un mes. El problema que me entristecía era que mi madre siempre estaba teniendo hijos. No entendía eso. ¿Por qué tantos hijos? Yo pensaba que quizá si se cuidara no tendría tanto hijos como los que tiene. Al crecer me entristecía ver la pobreza en la que mi mamá y mi familia vivían. ¿Tanto trabajo para qué? ¿Para seguir viviendo en pobreza? Para mí no tenía sentido porque las cosas tenían que ser así. Uno de los momentos más felices de mi infancia fue cuando trabajé en “McDonald’s.” Eso fue cuando llegué a vivir aquí, vivía en la casa de mi abuelo. Recibí mi primer salario mientras estaba en la escuela. Mi primer salario se lo envié a mi mamá, ella estaba muy feliz y emocionada de recibir esa cantidad de dinero. 

Mi proceso para llegar aquí fue diferente que el de otros inmigrantes. Yo vine con una visa que permite quedarse por un mes.  Cuando llegué una persona en el aeropuerto me preguntó si planeaba quedarme en Estados Unidos, respondí que no era mi intención. Pensé qué pasaría si me quedara a vivir aquí, qué tipo de vida tendría. En 1976 mi abuelo hizo los arreglos necesarios para que me quedara por más tiempo. Fui a la escuela secundaria en 1979, los consejeros me dijeron que no podría graduarme. No podía creer que una clase de historia me impediría graduarme. Le pregunté a mi consejero si podía tomar clases de verano para terminar y me dijeron que sí. Me gradué el mismo año que terminé esa clase de historia. Después me inscribí en un colegio comunitario pero no pude terminar mis estudios porque me casé en 1981.

Cuando estaba casada intenté asistir al colegio pero no pude porque tenía que pagar mis deudas y terminé trabajando en un motel. Aunque era un trabajo difícil era mejor que en Nicaragua, donde solo trabajábamos para comer. Todavía recuerdo como los estudiantes estaban molestos porque no podían elegir un nuevo presidente, sólo existía el régimen de Somoza. Dejé mi país para tener una vida mejor, quería hacer algo conmigo misma y estar estable. La economía y la pobreza de Nicaragua me hicieron darme cuenta que no había ninguna esperanza allí, por las injusticias de los roles de género, el gobierno corrupto y la opresión contra el  pueblo.

Después de que me casé quise ayudar a mi esposo económicamente para que consiguiéramos un lugar donde vivir. Así que pospuse la escuela y tuve a mi primer hijo en 1983. Finalmente, solicité mi residencia. Llené todas las solicitudes para mí y para mi esposo. En el proceso, algunas personas me preguntaron si quería trabajar para ellos. Cuando recibí mis documentos tuve que ir a Vancouver por algún tiempo debido a algunas cuestiones jurídicas. Trabajé ahí durante unos diecisiete años en casos de inmigración. En este tiempo tuve a mis otras dos hijas. Quise que mis hijas fueran a la universidad, ahora están estudiando y es muy costoso. Aprendí como manejar inversiones e hice algo de dinero, regresé al colegio comunitario Chabot y obtuve el grado necesario para transferirme a la universidad estatal de california del Este de la Bahía (CSUEB) y espero graduarme pronto. Aprendí a vender y comprar casas a pesar que el mercado de bienes raíces se devaluó. He hecho tantas cosas en esta vida que me pude ayudar a mí misma y a mi familia. Fue difícil pedir dinero prestado, tener que luchar para hacer una vida mejor, pero en mi opinión, esta es mi lucha. Voy a seguir estudiando y ayudando a las personas que tengan dificultades.


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