Mi nombre es Manuel Torres y soy de Michoacán, México. En México, viví con mis padres, Gregorio y Elodia Torres, y mis seis hermanos y hermanas. Mis hermanos son Ubence, Juvenal, y Santiago. Mis hermanas son María, Celia, y Otilia. Soy el más joven de todos ellos. Vivíamos en un pueblo muy pequeño llamado Pueblo Viejo. Esta pequeña ciudad está aproximadamente a cuatro horas y media de la capital, Morelia. Mi madre era ama de casa y mi padre tenía su propio negocio. Él hacia el mejor queso de la ciudad. Él hacía el queso en nuestra casa y lo llevaba a las ciudades grandes que bordeaban a Pueblo Viejo. Él salía a hacer su venta la mayoría de los días en la semana. Salía la noche del domingo y regresaba a casa el viernes, por lo cual no estaba mucho tiempo con nosotros.
En Pueblo Viejo fui a la escuela hasta lo que en los Estados Unidos es el sexto grado. Dejé de ir a la escuela porque tenía que ayudar a mi familia con dinero. Empezaba mis días ayudando a mi madre a hacer queso para que mi padre lo vendiera en la ciudad. Luego iba a los campos a trabajar el resto del día. Trabajaba con mis hermanos mayores recogiendo limones, mangos y chiles, y cualquier otra fruta o vegetal que estuviera en temporada. Cuando cumplí los diecinueve años, decidí que ya era bastante de Pueblo Viejo y elegí correr el riesgo de venir a los Estados. Al principio yo no quería venir aquí porque tenía miedo. Pero a la vez sabía que podía ganar dinero, mucho más de lo que ganaba recogiendo frutas.
El plan era permanecer en los Estados solamente seis meses pero al final me quedé mucho más que eso. Uno de mis hermanos mayores, Santiago, había venido a los EE.UU. antes que yo y vió que había muchas oportunidades. Él volvió a Pueblo Viejo después de seis meses porque había dejado a su esposa e hijos allá. Dijo que este país no le gustaba lo suficiente como para vivir allí para siempre. Así que me convenció. Incluso pagó por mi pasaje. Mi hermano arregló mi traslado hacia Los Ángeles desde la frontera y también el lugar a donde llegaría. Me dijó que un amigo de mi tío vivía aquí y que él me ayudaría a encontrar trabajo. El amigo de mi tío vivía en San Francisco. Santiago lo conoció cuando vino a los Estados Unidos. Yo no lo conocía y no tenía idea de quién y cómo era el hombre, pero al final junté el valor necesario para venir.
Era 1975 y yo estaba en camino rumbo al "Norte". Un camionero que iba a Tijuana me dio un aventón desde Apatzingán, que es la ciudad más cercana a Pueblo Viejo, hasta la frontera. Una vez ahí, un "coyote" me pasó por un poco más de doscientos cincuenta dólares. De hecho, cruzamos la frontera caminando y finalmente nos recogió un coche. En algún momento, me dijeron que entrara en la cajuela del carro. Pareció una eternidad, porque estuve allí por lo menos tres a cuatro horas. Finalmente llegué a una casa de “transferencia” en Los Ángeles. Entonces conseguí transporte a San Francisco, a la casa del amigo de mi tío. Para mi sorpresa, el amigo de mi tío no tenía ni idea que yo iba a llegar. Pero era un buen tipo y me dejó quedarme en su casa durante dos meses. Él me dio de comer e incluso me dio ropa. Mientras estuve allí, él me ayudó tanto como pudo. Yo lavaba platos y coches. Algunas veces lavaba y planchaba la ropa también. Yo estaba muy agradecido con Don Juan, el amigo de mi tío, por ayudarme. Don Juan no sólo me dio un techo, sino que también me ayudó a conseguir trabajo.
Mi primer trabajo fue como ayudante de mecánico. El "quita tornillos", me llamaban. Aunque yo no tenía experiencia en eso de los coches, era algo hacía por dinero. Ahorré suficiente dinero para salir de la casa de Don Juan y mudarme a un apartamento con algunos chicos del trabajo. Vivíamos como diez en un pequeño apartamento. Eso mantenía bajo el alquiler, ya que lo dividíamos entre todos. Durante ese tiempo ya había conseguido otro trabajo, ahora de plancha camisas. Pero no duré mucho tiempo y cambié de trabajo de nuevo. Esta vez empecé a lavar platos en un restaurante en San Francisco. Y fue entonces que algo sucedió. Después de dos años de estar aquí, me quedé atrapado. Una mujer que trabajó conmigo llamó al INS (oficina de inmigración) y me reportó. Me sacaron del restaurante y fui enviado a Mexicali. Yo sólo tenía seis dólares en el bolsillo y no tenía dinero suficiente para regresar a San Francisco ni para ir a Pueblo Viejo.
Empecé a preguntar a los camioneros que transitaban que si podían llevarme a Tijuana para poder hacer mi camino de regreso a San Francisco. Uno de los camioneros me dijo que yo estaba en el lado equivocado de la carretera. Yo estaba en el lado que se dirigía a México. Me dijo, sin embargo, que si yo quería ir a Michoacán, me podía llevar, porque era allí donde iba. Aproveché la oportunidad y fui a casa. Sólo duré dos semanas en Pueblo Viejo pues en poco tiempo, ya estaba de regreso a San Francisco. Llegué a Tijuana y un "coyote" me pasó de nuevo, de la misma manera que lo hice la primera vez. Volví a mi casa y mi trabajo de lavaplatos. Cinco meses después, mi amigo me dijo que regresaba a México y que yo podía tomar su puesto en el trabajo. Trabajé para la tortillería “La Tapatía” en el sur de San Francisco como repartidor.
Para entonces ya tenía un número de seguro social y licencia de conducir. En los años setenta, las personas podían obtener una licencia de conducir oficial utilizando un certificado de nacimiento original, ¡así que lo hice! Una vez que obtuve mi licencia, me fui a la oficina de seguro social y recibí un número, el cual se podía obtener con una licencia, incluso si no se tenía papeles. Aprendí todo esto de amigos que habían estado aquí más tiempo y sabían cómo funcionaba el sistema legal. Con una licencia, conseguí el trabajo en “La Tapatía.” Había estado trabajando en “La Tapatía” por alrededor de un año y medio, cuando me vi atrapado por "la migra" de nuevo. Yo iba a entregar las tortillas a un restaurante y "la migra" estaba allí cuando llegué. Esta vez me llevaron hasta Guadalajara. Como pude, me dirigí a Michoacán y me quedé otra vez por dos semanas, antes de irme cansado de allí.
Nuevamente me fui a la frontera y pasar con un "coyote", pero esa vez fue diferente. Fue más caro y no me llevaron en la cajuela de un coche. ¡Tuve que pagar quinientos dólares! Crucé la frontera como las otras dos veces, pero esta vez en un camión de la basura. Tuve que apretarme debajo del asiento en la cabina. Me monté, viajamos hasta Los Angeles y de ahí me dirigí a San Francisco, y de vuelta al trabajo y mi casa. Yo fui uno de los primeros hombres de Pueblo Viejo en estar permanentemente en los EE.UU. Después de que vine, todo el mundo empezó a llegar. Yo estaba solo aquí y en un par de años hubo casi un Pueblo Viejo en California. Mis hermanos y mis hermanas nunca vinieron, los que vinieron eran primos, tíos, sobrinos y otros hombres de la ciudad. Mis padres nunca quisieron venir porque no querían dejar Michoacán. Ellos dijeron que les gusta más allá. Siempre estaban tratando de convencerme de volver a casa pero yo había hecho mi vida en California y no quería volver a trabajar en los campos.
Me gustó California, mi trabajo, mis amigos, y mi estilo de vida. Nunca fui a la escuela aquí. No me gustaba ir a la escuela en México y yo estaba bastante seguro de que tampoco me gustaría ir a la escuela aquí. Aprendí inglés, poco a poco y con el tiempo. Casi todo a mi alrededor estaba en español por lo que fue menos presión para que aprendiera. Hice amigos con facilidad cuando estaba en San Francisco. La mayoría de los chicos que fueron mis amigos en aquel entonces, todavía lo son ahora. Uno de ellos, Francisco, es en realidad mi socio. Los dos trabajamos en La Tapatía y luego en la tortillería “El Charro.” Ganamos tanta experiencia que abrimos nuestro propio negocio en 1994. Todavía estamos en los negocios, y somos socios y amigos. Es curioso cómo nos hicimos amigos. Nos conocimos en la iglesia. Ambos cantábamos en el coro. Fuimos a la iglesia para mirar a las damas, pero ninguno de nosotros abiertamente lo admitía. Teníamos un grupo muy unido de amigos que fueron compañeros de cuarto, compañeros de trabajo, y lo más importante, de familia. Todos eran hombres solos y que vivían en "El Norte" sin sus familias. Así que éramos como hermanos. Conocí a otra persona importante en la iglesia; conocí a mi futura esposa.
Me casé con María en 1981 y no obtuve mi estatus legal sino hasta después de casarnos. Yo no quería legalizarme pero en 1987, María finalmente me convenció. Para entonces ya tenía dos hijos y era demasiado arriesgado el estar aquí ilegalmente, así que me hice residente. Estoy realmente orgulloso de lo que he logrado desde que llegué aquí en 1975. Yo no cambiaría nada. Creo que mis errores en la vida se anulan con mis logros. Si pudiera dar un consejo a alguien que viene aquí desde México, yo les diría que no pierdan la esperanza y que trabajar duro por lo que quieren. Es posible. Si yo lo hice, cualquiera puede.