Migration Story
California State University East Bay 
       

Your Subtitle text

Lucy López


Escrito por: Nora Morton
Traducido por: Miguel Pimentel y Alba Victoria Rivera

Un lugar donde no se tenía que ser rico para disfrutar de una manzana o comer uvas

Cuando yo tenía cinco años mi mamá me dijo que iríamos en un viaje a un lugar donde la gente tenía cabello amarillo y ojos azules. Un lugar donde no se tenía que ser rico para disfrutar de una manzana o comer uvas. Fue a principios de los ochentas en la capital de Nicaragua, Managua. Los Sandinistas habían ordenado un nuevo reclutamiento que requería que los niños fueran enviados al ejército. Yo recuerdo un  “escondite seguro” que mi madre había hecho en el patio trasero con el fin de ocultar a mi hermano mayor. Había escuchado rumores que tenían que servir a los Sandinistas y había comenzado a preocuparse. Sus amigos llamaban para ponerla al tanto de las noches en que los sandinistas venían en busca de niños y ella rápidamente escondía a mi hermano en el escondite. La decisión de irnos fue tomada con el fin de mantener a mi hermano a salvo. Todo fue vendido, tanto la casa como el negocio.

Mi padrastro y hermano se fueron primero con el fin de hacer una ruta segura para que nosotras fuéramos después. El día había llegado. Yo sólo estaba al tanto de que iríamos en un viaje. Mi madre me despertó a las dos de la mañana para comenzar nuestro trayecto a través de centro América y México. Solo recuerdo haber estado en Honduras por un día. Después viajamos hacia Guatemala para quedarnos con unos amigos de la familia que también eran nicaragüenses. Nos quedamos allí seis meses. Recuerdo a mi madre cocinando y haciendo quehaceres para la familia a cambio de una habitación para quedarnos.  Me quedaba cerca de mi madre anhelando un hogar. Recuerdo preguntarle una y otra vez cuando regresaríamos a casa… mi mamá sabía como engañarme. Estábamos esperando por visas para viajar a México. Era mi primera vez volando en un avión, nos dirigíamos a la ciudad de México. Nos quedamos en la capital en una casa segura que era manejada por mexicanos. Comenzaba a frustrarme por nuestro viaje que se hacía tan largo. Tenía todas estas preguntas. Me preguntaba cuando volvería a ver a mi padre que aún vivía en Nicaragua. ¿Por qué vivíamos en un lugar extraño? ¿Por qué no teníamos alimentos? Mi madre me daba de cenar y yo me daba cuenta que ella no se alimentaba. No vivíamos así en Nicaragua.

El dinero se había terminado para este entonces así que estábamos esperando que mi padrastro nos enviara más dinero. Durante este tiempo el estaba viviendo en el distrito de la Misión en San Francisco. Encontró trabajo como jornalero y finalmente fue capaz de ahorrar quinientos dólares para enviarnos. Pudimos comprar asientos en un autobús que nos llevaría a Tijuana. El autobús fue detenido en el camino, recuerdo que otras mujeres en el autobús se veían muy asustadas. La policía estaba revisando documentos y pedía a las mujeres jóvenes que bajaran del autobús. Estaban pidiendo favores sexuales a las mujeres vulnerables. Mi mamá les dio el dinero que mi padrastro había ahorrado y enviado. Eso era lo último que quedaba de nuestro dinero, pero dejaron a mi madre ir. Mirando hacia atrás ella fue afortunada de no haber sido violada o algo peor. En Tijuana tuvimos que esperar al mismo coyote que llevó a mi padrastro y hermano al otro lado. El hacía el viaje sólo una o dos veces al mes. Esperamos en otra casa segura. Lo que más recuerdo de este tiempo es que salimos de Nicaragua con un ligero equipaje. Teníamos por lo menos tres cambios de ropa y un par de zapatos extra. Para el momento que nos íbamos de Tijuana, solo teníamos la ropa puesta. Poco a poco las cosas que llevábamos para el viaje desaparecieron. Una camioneta vino temprano en la mañana un día y nos recogió junto con otros. Nos dejaron del otro lado de la frontera y de ahí tuvimos que caminar. Caminamos por lo menos tres horas, parecía una eternidad. Recuerdo llegar a una autopista y agacharme junto con todos hasta que no hubiera carros para hacer un pase seguro. Los hombres ayudaban a levantar a los niños que estaban demasiado cansados para caminar más lejos. Logramos llegar hasta San Diego alrededor de las cinco de la mañana. Mi mamá llamó a mi padrastro para que viniera por nosotras. Mientras esperábamos recuerdo haber ido al mercado con mi mamá y ver por primera vez un niño con cabello amarillo y ojos azules. Quería tocarlo; ¿era de verdad? Me quedé mirándolo fijamente, parecía un muñeco de porcelana. Mi padrastro llegó y nos recogió del sur de California para llevarnos al norte.

Finalmente logramos llegar al distrito de la Misión en San Francisco.  Estaba feliz de que habíamos llegado a nuestro destino y el viaje casi terminaba. La madre y  hermana de mi padrastro ya vivían allí. Cuando estábamos finalmente con mi tía, recuerdo que pensé, ahora que el viaje había terminado mi papá vendría a recogerme. No comprendí cuando me dijeron que él no vendría, que no vería a mi padre de nuevo.  ¿Qué acabábamos de hacer? ¿Por qué estamos aquí? ¿Por qué no podría ver a mi padre? Fue un choque total para mí hasta que empezó a tener sentido. No estábamos sólo de viaje, estábamos comenzando una nueva vida sin mi padre, en un lugar extraño en el que de repente éramos pobres.

Nos mudamos a un departamento de tres habitaciones con mi tía. Yo no lo sabía, pero mi madre había estado embarazada durante nuestro viaje. Tuvo el bebé pronto después de nuestra llegada. Ella tenía dos niños más. Mi familia compartía una habitación en el departamento de mi tía. Cinco niños y dos adultos. Aquellos primeros días todavía me preguntaba por qué estábamos viviendo en un cuarto tan pequeño. No comprendía por qué no podíamos regresar a Nicaragua. Fui inscrita en una escuela pública. No hablaba inglés, y no podía tener nada que me consolara durante el día que no me recordara a mi familia. Mi tía trabajaba como camarera en un hotel, y había encontrado un brillo de labios olvidado en alguna de las habitaciones. Olía tan bien, me sentía especial cuando lo ponía en mis labios. Al ver el gozo que obtenía de él, mi tía me lo regaló. Era la única cosa que me pertenecía, y suficientemente pequeña que podía llevarla a la escuela. Durante el descanso yo lo sacaba y me ponía el brillo de labios sintiéndome especial. Otra niña notó el brillo de labios y exigió que se lo diera. No estaba dispuesta a ceder mi única pertenencia, fue mi primera pelea en la escuela. Me enviaron a la dirección y luego me regresaron a clase.

Me dejaron sola, esos primeros años los maestros me ignoraban y no hacían ningún esfuerzo por colaborar conmigo.  Cuando era más grande me mandaron a una clase de lectura especial para estudiantes que tenían problemas de aprendizaje. Yo ni siquiera sabía que había programas de ESL (inglés como segunda lengua) para estudiantes como yo. Mi hermano mayor nos vigilaba a todos mientras mi padrastro y madre trabajaban. Mi mamá nunca trabajó con documentos falsos. Ella comenzó a solicitar para la residencia, y después de siete años nos dieron amnistía porque huimos de nuestro país a causa del movimiento sandinista. Cuando era adolescente mi madre no me permitía ir a casa de mis amigos ni hablar por teléfono. Ella veía que otras jóvenes latinas quedaban embarazadas a la edad de doce años y temía que yo corriera con la misma suerte. Con el fin de protegerme, mi madre me mantenía muy cerca. La casa se sentía como una prisión así que finalmente me escapé cuando tenía quince años. Volví a casa y se había decidido que regresaría a Nicaragua a vivir con mi padre.

Había hablado con mi padre en otra ocasión. El había conseguido nuestro teléfono y llamado cuando yo tenía nueve años de edad.  Vivíamos en Hayward en ese tiempo. Recuerdo que estaba tan emocionada de hablar con él, pensando que estaba a la vuelta de la esquina. A pesar de que en ese momento yo tenía nueve años, me sentí como si tuviera cinco de nuevo pidiéndole que me trajera helado y que me comprara un caballito de madera como los de Nicaragua. Ahora iba a verlo, después de diez años. Recuerdo verlo en el aeropuerto. No era el hombre joven y guapo que yo recordaba. El comenzó a llorar, mis ojos también se llenaron de lágrimas, pero tal vez más por obligación. Las cosas habían cambiado; ya no era su niña pequeña. Había pasado demasiado tiempo para remediar el silencio entre nosotros. ¿Por qué no había llamado más seguido o tratado de buscarme cuando estaba en Estados Unidos? El había seguido con su vida y tenía otra familia.

De regreso a Nicaragua por primera vez, fui impactada por un choque cultural ya me había adaptado a las costumbres americanas. Estaba pensando que esta era la verdadera pobreza. Yo no podía entender por qué las niñas estaban vendiendo chicles en las calles o por qué las personas estaban limpiando parabrisas de automóviles en el tráfico. Por primera vez estaba sola, libre para salir y hacer lo que quisiera. Me convertí en una chica rebelde, tratando todo lo que llegaba a mí. Esperaba con interés ir a las discotecas todas las noches, finalmente tenía una vida social. Después de seis meses de vivir este estilo de vida de fiesta, mi papá llamó a mi madre y le pregunto qué clase de chica había criado.  Ella estaba confundida porque ella siempre me mantuvo en casa, nunca permitiendo que hiciera algo o que saliera. Mi padre había tenido suficiente y me compró un boleto de avión de regreso a California.

Ahora que tengo treinta y un años, he seguido adelante. He pasado por una terapia muy intensa para llegar a este lugar con el fin de aceptar el pasado y seguir adelante. Mi madre me había secuestrado, desconectándome de mi padre. Yo entiendo que fue con el fin de proteger a mi hermano y por la idea de un futuro mejor. No creo que mi madre sabía lo mucho que esto me afectaba. Tuve tanto resentimiento hacia mi padre por no haber tratado de encontrarme y hacia mi madre por traernos a un  lugar en el que continuamos batallando. Por años nunca compartí esto porque crecí en una cultura donde no estamos dispuestos a mostrar nuestros sentimientos, teníamos que ser fuertes. Todavía regreso a visitar cada año, pero nunca será lo mismo. Mi madre nos ha enseñado a trabajar duro. Por eso, ahora estoy viviendo el sueño americano. Tengo mi propia casa, manejo un buen carro, y me estaré graduando de la universidad pronto. Con mucho trabajo y determinación estas cosas son posibles en este país. 


Coyote: persona a la que se le paga para pasar ilegalmente por la frontera méxico-estadounidense







Web Hosting