Estoy aquí sentada, pensando en mi pasado, soy una mujer con muchas experiencias. Nací el 12 de febrero de 1923, en un pequeño pueblo de Jalisco, México, que se llama San Gabriel. Mi nombre es Juana Vizcaíno y mis padres eran Ulisa González de Vizcaíno y Gilberto Vizcaíno. Yo fui la única hija y disfruté de mi niñez. Mi rutina era ayudar a mi madre en la casa, alimentar a nuestros animales que incluía unas pocas de gallinas y cerdos. Durante la noche, mi mamá y yo caminábamos a casa de mis abuelos para pasar un rato con ellos. Mi vida perfecta se vino abajo a la tierna edad de cuatro años. Una noche, mi madre y yo recibimos la noticia de que mi padre fue asesinado en las afueras de la ciudad. Nos dijeron que le dispararon por error, lo confundieron, eso creímos durante algún tiempo. Después nos enteramos de que tenía una amante en un pueblo cercano y que los miembros de la familia de ella fueron a buscarlo.
Mis abuelos dejaron que mi madre y yo nos quedáramos con ellos. En la casa vivíamos mis abuelos, mi mamá, tía Susana y yo. Tenía otro tío llamado Enrique que venía de vez en cuando. Me acuerdo que les pregunté a los adultos porque mi tío Enrique no estaba en casa con más frecuencia. La respuesta fue que él estaba luchando por la iglesia. Esto me confundió porque en la iglesia, además de hablar en latín, el sacerdote predicaba la paz y el amor al prójimo. Hasta más tarde en mi vida me di cuenta de que él era un 'cristero'. Una noche, me di cuenta de que mi tío Enrique estaba hablando con mi abuelo y le decía que uno de sus amigos había sido ahorcado en Sayula, un pueblo vecino, frente a los cuarteles de los soldados. Mi abuelo le aconsejó que informara a la familia y que no se involucrara. Mi tío Enrique informó a la familia, pero ellos estaban demasiado asustados como para ir a buscar a su hijo. Mi tío estaba tan molesto que decidió ir a buscar a su amigo en la noche. Cuando estaba bajando a su amigo algunos soldados lo vieron, y entonces él también se volvió hombre buscado. Una noche, los soldados vinieron a buscar a mi tío. Mi abuelo nos dijo a mi madre, mi tía Susana y a mí que nos ocultáramos bajo el piso, en donde había él cavado un agujero para un evento como este. Los soldados entraron en la casa en busca de mi tío. Le gritaron y exigieron a mi abuelo que les dijera donde estaba mi tío Cuando los soldados vieron que mi tío no estaba allí se fueron y nosotros salimos del escondite.
Mi abuelo le dijo a mi tío que tenía que irse y no volver por un tiempo. Por lo tanto mi tío, mi mamá y yo nos fuimos de San Gabriel en tren a la ciudad de México. Vivimos en la ciudad de México hasta que la guerra terminó y era seguro regresar a casa. Tan pronto como regresamos a Jalisco, mi tío y mi mamá decidieron abrir una carnicería en Ciudad Guzmán. Mi tío se encargaría de la carnicería y mamá estaría a cargo de la casa. Así que de los ocho a los catorce años viví en Ciudad Guzmán. Asistí a una escuela católica, "La Escuela de las Monjas de San José", y los veranos los pasé con mis abuelos en San Gabriel. Durante uno de esos veranos conocí a un hombre, a Gilberto Rodríguez. Él era mucho mayor que yo. En esos tiempos el noviazgo era totalmente diferente de lo que es ahora. No se me permitía salir con él o hablarle por largo rato. Un día, él decidió escribirme y preguntarme si quería casarme con él. Le escribí respondiendo que no sabía, pero si estaba bien con mi mamá, entonces que estaba bien conmigo.
Entonces, un día llegó a casa de mi abuelo y le pidió mi mano en matrimonio. Mi abuelo le dijo que no era su decisión sino la de mi mama. El no era quien podía decidir pero mi mamá sí. Mi mamá vino de Ciudad Guzmán para enfrentar la situación. Ella simplemente me puso a un lado y me dijo que si quería casarme podía hacerlo pero que tendría que esperar un par de años porque era aún muy joven para el matrimonio, yo tenía catorce años en ese momento. A Gilberto se le dijo que tenía que esperar, pero rápidamente se volvió impaciente. Él comenzó a difundir rumores de que en la primera oportunidad, él me iba a secuestrar. Esto era muy común en esos días así que el abuelo le dijo a mi mamá que deberíamos irnos de San Gabriel. Mi mamá y yo abordamos un bus a Guadalajara para vivir allí. Esta fue una buena idea porque yo no estaba realmente enamorada de él. Ahora vivíamos en una gran ciudad y me encantaba. De vez en cuando visitábamos a mi tío en Ciudad Guzmán, quien ya se había casado y también visitábamos a mis abuelos en San Gabriel.
Luego a la edad de dieciocho años de nuevo mi mundo se vino abajo, o así lo pensé. Mi madre comenzó a quejarse de dolor de estómago. Se quejaba del dolor constantemente hasta que finalmente fue a ver a un médico. Él médico dijo que ella necesitaba una operación Si mal no recuerdo, me dijeron que tenían que quitarle algunas piedras. Recuerdo que entré al hospital con mi madre y un día después, salí caminando sola. Ella no aguantó y murió en la mesa de operaciones. Lloré a mi madre por un tiempo. Gracias a mi tía Susana que se hizo cargo de mí y seguí viviendo en Guadalajara. Alrededor de mis veinte años un joven taxista me llamó la atención. Cada día que iba al Mercado, yo pasaba por una parte de la ciudad donde los taxistas esperaban por clientes. Cada jovencita que pasaba por allí se veía acosada por ellos. José Nuño, un taxista, me empezó a proteger. Él caminaba conmigo hacia al mercado y de regreso. En menos de un año ya estábamos viviendo juntos.
José era el amor de mi vida. Tuvimos tres hermosos hijos, José Luis, Enrique y Antonio. Estábamos muy enamorados el uno del otro y disfrutábamos pasar el tiempo con los niños. Tenia un par de meses de embarazo de nuestro cuarto hijo cuando un día me fui caminando a casa. Para mi sorpresa, vi el taxi de José estacionado. Me acerqué al coche y lo encontré besando a una mujer, más joven que yo. Lo confronté y él negó todo. Sé exactamente lo que vi, así que decidí dejarlo. Me mudé con mi tía Susana, pero esta vez tenía tres niños y estaba embarazada. Vendí todo lo que José y yo teníamos. Él continuó pidiéndome que volviera con él, pero yo había tomado mi decisión. Pasaron un par de semanas y entonces me fui a Ciudad Guzmán con mi tío.
Subí al tren y me dirigí a Ciudad Guzmán. Estuve con mi tío solo veintidós días porque hubo mucha tensión con todos nosotros en su casa. Mi tío se había casado, tenía su propia familia y trabajaba en la carnicería. Simplemente éramos demasiados en su casa y el día veintidós mi tía estalló. Ella comenzó a gritarle a mis hijos y a mí, así que reuní a mis hijos y nos fuimos. Me fui a las calles de Ciudad Guzmán y por unos meses viví con un amigo. Durante ese tiempo tuve a mi Linda bebé, Lupe. Obtuve un trabajo en el banco de agricultura y renté una casa pues mi salario era muy bueno. El banco se iba a mudar a Michoacán pero yo no podía mudarme para allá, así que me dieron una pensión y yo use el dinero para comprarme una casa pequeña. Durante este tiempo, mi hijo Enrique se enfermó mucho y tuve que usar el resto de la pensión para pagarle al doctor. Eventualmente el dinero se acabó pero yo aún tenía que alimentar a mis hijos.
Cuando fui a la escuela de las Monjas de San José hice varias amistades con los hijos de gente importante en Ciudad Guzmán. Ya todos habíamos crecido, pero me tragué el orgullo y los visité. Primero visité a Alicia y Doris Gutiérrez, dos de mis mejores amigas. Les platiqué mi historia y la situación en la que me encontraba. En un par de días ya estaba trabajando para ellas ayudándolas a limpiar, cocinar y a cuidar a sus hijos. Esto me daba algo de dinero, pero no igual como cuando trabajaba en el banco, y mi hijo seguía necesitando atención medica constantemente. Con el tiempo me corrieron de la casa que rentaba por no poder pagar la renta. Encontré vivienda en una vecindad, donde viven los más pobres en Ciudad Guzmán. Los pisos eran de tierra y la casa tenía un solo cuarto. Me involucré con Felipe Yañez y tuve 3 hijas más. Nunca me mudé con él porque él solo quería a sus tres hijas y a mí. Él me pidió que abandonara a mis otros hijos, que los enviara con mi tío o de regreso con su padre. Yo simplemente me negué y entonces, me dejó.
En mi vida yo había disfrutado de un estatus de clase media, hasta que Nuño me dejó. Pero en ese momento estaba entre lo más bajo de la sociedad, sin esperanza de salir de ahí. Mis dos hijos mayores, José Luis y Enrique dejaron la vecindad tan pronto como pudieron. En Guadalajara mis hijos estaban acostumbrados a andar siempre bien vestidos, pero en ese entonces, a veces yo no podía comprarles ropa o zapatos. Cuando Antonio se convirtió en mi tercer hijo adolescente, se volvió un hombre muy orgulloso. Comenzó a trabajar en un taller local. Cuando yo tenía cuarenta y tres años, Antonio se me acercó y me dijo que no quería que trabajara más. Me pidió que buscara una casa para alquilar porque era el momento de salir de la vecindad. Antonio sabía que él no podría pagar la renta con su sueldo del taller. Entonces, Antonio y Guillermo Mejía decidieron irse para "El Norte" porque allá se ganaban los dólares. Me dijo que se iría por dos años y que luego regresaría y abriría su propio taller. Dos años pasaron y él no regresó. Él se encontró con Guadalupe Barragán, una chica de Ciudad Guzmán, y se casó con ella. José Luis también se casó el mismo año que Antonio, pero él estaba viviendo en Tijuana.
En mayo de 1975 yo estaba en el autobús con destino a Tijuana para ayudar a Delia, la esposa de José Luis con sus gemelos recién nacidos. Antonio tuvo un hijo un año antes y vivía en Oakland, California. Antonio envió a su cuñado, Guillermo Barragán, para decirme que quería que me fuera a vivir con él a Oakland. Guillermo contacto a un "coyote" para que me ayudara a cruzar la frontera. Se le pagaron seiscientos dólares al coyote para que nos cruzara a mi hija Lidia y a mí por las playas de Tijuana. El coyote nos llevó a la playa a las tres de la tarde, era un día hermoso. El coyote, que era una mujer, nos explicó cómo sería el proceso del cruce. Éramos un grupo de ocho personas. Al principio solo andábamos en el borde del agua. Poco a poco nos fuimos metiendo en ella, hasta que nos llego hasta la cintura. Luego escuchamos un silbato que era nuestra señal para empezar a caminar hacia el norte. La coyote nos advirtió de los peligros de las rocas y las olas que se estrellaban en la orilla. Sonó el silbato y nos pusimos a caminar. Todo el camino tuve a Jesús en la boca, orando por la seguridad de mi hija y mía. Él agua a veces nos llegaba hasta a la altura del pecho. Finalmente todos salimos del agua en el lado de los Estados Unidos. Unos coches vinieron a recogernos. Mi hija y yo saltamos dentro de un coche que nos llevó a Los Ángeles, donde Guillermo y Guadalupe nos recogieron en un restaurante público. Unos días más tarde, yo estaba con mi hijo y mi nieto en Oakland. Viví con Antonio y su familia durante unos dos años. Pasé la mayor parte de mis días con mi nieto, Marcos. No había podido encontrar trabajo debido a mi edad, pero mi hijo tampoco quería que yo trabajara. El único trabajo que hice en algunas ocasiones fue de niñera.
En ese tiempo mis otros hijos estaban en Tijuana. Mi hija Bertha sólo tuvo una hija, así que le dije a Antonio que me iba a devolver para estar con ella. Me establecí en Tijuana con Bertha y Cristina, mis dos hijas. Después de un tiempo, en los años setenta Antonio pudo viajar a México legalmente porque había obtenido su 'green card' por haber tenido un niño estadounidense. Yo no tenía necesidad de venir a Oakland porque Antonio me visitaba con frecuencia. Cristina fue a Oakland para estar con su hermano y ahí encontró a quien se convirtió en su marido y quería que yo asistiera a su boda. Yo ya era demasiado vieja para cruzar a través de las montañas o la playa. Empecé a investigar cómo podría venir a los Estados Unidos de manera legal. Fui a la embajada para obtener información. Luego me enteré de que existe la forma 13, la llené aunque tuve que decir que era una inversora. En primer lugar mis hijos en Oakland me enviaron dinero para que yo pudiera abrir una cuenta bancaria. Pocos meses después, y con dinero en mi cuenta bancaria, llevé todos los documentos que necesitaba a la embajada de los Estados Unidos para demostrar que era una inversionista. Recibí el sello requerido en mi forma 13 y recibí un permiso de seis meses, por visita, para entrar y estar en los Estados Unidos. Un par de meses más tarde estaba en Oakland, en la boda de mi hija. Desde entonces he disfrutado el estar con mis hijos, nietos y bisnietos en Oakland, y también el tener la libertad de poder ir a ver al resto de mi familia en Tijuana. Hace un par de años que tuve que renovar mi permiso, ahora se llama “la láser.”
He tenido una vida maravillosa. A veces ha sido como andar en una montaña rusa, pero si miro hacia atrás, no cambiaría nada. Sé que mi hijo Antonio se fue de Ciudad Guzmán por la situación en la que vivíamos. Escuchaba que los Estados Unidos era la tierra de las oportunidades y que había dinero ahí Veo lo mucho que todos mis hijos han logrado en los Estados Unidos. Si nos hubiéramos quedado en México nada de eso habría sido posible. Mis tres hijos que viven en Oakland son propietarios de sus viviendas. Los hijos de Antonio son graduados universitarios y la hija de Lydia está estudiando en la universidad de Los Angeles (UCLA). La hija mayor de Christina también asistirá a la universidad el año que viene. Cuando el hijo de Roberto, Antonio, se graduó de Cornell pude ir a verlo recibir su diploma e incluso fui a Canadá por un día.
¿Qué más puedo pedirle a Dios? Ahora estoy en mis ochentas, disfrutando de todos mis hijos y sus familias. Trato de pasar la mitad del año en Tijuana y la otra mitad en Oakland. Yo simplemente doy gracias a Dios todos los días por todo lo que me ha dado y me sigue dando en la vida.