Migration Story
California State University East Bay 
       

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José Ortiz

Escrito por: Adminwp 
Traducido por: Melissa Ordoñez – Junio, 2010

Los recuerdos de mi infancia en Puerto Rico son hermosos. Nací en Río Piedras, Puerto Rico a finales de los años cincuenta. Mi familia vivía en Nemesio Canales, la barriada más violenta en todo Puerto Rico. Esta barriada estaba infestada por el crimen organizado y las drogas. Ningún policía se atrevía a entrar a Canales. Era un lugar difícil para crecer. Cuando yo era pequeño, el tío de mi madre fue elegido alcalde de la ciudad Toa Baja. En Toa Baja había un proyecto privado en construcción. Los Lewitts, dos hermanos anglo-americanos de Nueva York, decidieron construir una ciudad nueva, de tono artístico, en Toa Baja. Construyeron casas de tres y cuatro recámaras en tres diferentes secciones de la ciudad. Los vecindarios fueron diseñados para fomentar la vida en comunidad. Había un camino detrás de todas las casas que permitía el acceso a las demás viviendas, así como a los parques y a las áreas de recreación. Todos los postes de electricidad fueron construidos bajo tierra. En aquel tiempo, en Puerto Rico ese tipo de tecnología y viviendas eran muy sofisticadas. Mis padres obtuvieron un préstamo para comprar una casa de tres recámaras en esa ciudad, la cual fue luego llamada Levittown, en honor a los hermanos.

Mis padres compraron la casa en junio de 1962 por una cantidad de 125,000 dólares. Nosotros fuimos la segunda familia en comprar una casa ahí, entonces mi familia ha estado en Levinttown desde que fue creada. Fue un gran cambio para nosotros mudarnos de la barriada Canales a esta nueva y hermosa comunidad, pero fue un cambio bienvenido. Mientras la familia iba criando a ocho niños junto con mi mamá y papá, nosotros continuábamos agregando habitaciones a la casa. 

En la nueva ciudad de Levittown también una escuela fue creada para educar a todos los niños recién llegados. Mi mamá se convirtió en la primera guardia de la escuela elemental. Mi papá gano su dinero trabajando en los hoteles de San Juan y luego se convirtió en chef en un casino-restaurante. Con lo que ellos dos hacían estábamos bien financieramente. No éramos ricos pero tampoco pobres. Mi infancia consistió de ir a la escuela todos los días y después quedarme a ayudar a mi madre a limpiar. Después iba a las prácticas de béisbol. El béisbol era mi vida y además era bueno en ello. Yo quería jugar béisbol profesionalmente, ese era mi sueño. Jugaba béisbol hasta entrada la noche, después iba a casa.

En la escuela primaria las clases eran en español. También teníamos una clase de inglés y era necesario pasarla para poder graduarse. La clase de historia era una combinación de la historia de Puerto Rico y la de los Estados Unidos. Así era la escuela en las ciudades allegadas a San Juan, pero en el campo, nadie hablaba inglés ni aprendía la historia de EE.UU. El recuerdo más vivido durante aquel tiempo fue el asesinato de John F. Kennedy. Nos llevaron a todos los alumnos al pasillo. El director llevo la televisión de su oficina al pasillo y todos nos quedamos ahí en silencio, escuchando las noticias. Nunca olvidaré eso, todos estábamos ahí con nuestros pantalones grises y camisas blancas, viendo al presidente de los Estados Unidos ser asesinado, una y otra vez repetida la escena. Yo continúe jugando béisbol y a la edad de 14 años viajé a la República Dominicana a un torneo. Nunca olvidaré ese viaje porque me mostró lo muy afortunados que éramos por vivir en Puerto Rico, porque aunque si había pobreza en la República Dominicana era más severa. Nuestro equipo tenía uniformes y accesorios deportivos nuevos, mientras que los jugadores dominicanos usaban zapatos usados y de tallas incorrectas. Tampoco tenían accesorios deportivos pero a la hora de jugar béisbol sí que eran buenos. Uno de los grandes privilegios que he tenido en mi vida fue el haber conocido a esos jugadores dominicanos. Sus vidas eran difíciles, pero con todo y eso eran personas realmente buenas. Regresé de ese viaje siendo una persona diferente. Me cambio el modo de ver la vida.

Mi padre y mi madre nunca vinieron a verme jugar, pero yo continué jugando. Cuando tenía diez años, mi madre se volvió a casar con un hombre llamado Pedro. Ella era muy joven cuando se casó con mi padre, y como su matrimonio no estaba funcionando, se separaron. Mi padre se mantuvo fuera de mi vida y se volvió pastor. Pasar tiempo con el significaba que tenía que escucharlo dar sermones. Pero todos pudimos llevarnos bien. A veces íbamos a la playa, mi mamá y Pedro, mi padre y su nueva esposa. No había resentimientos. Pedro se volvió como un padre para mí. El iba a mis partidos, me llevaba de pesca y pasaba tiempo conmigo; además, siempre me motivaba a que luchara por alcanzar mis sueños de convertirme en jugador profesional. Me llevaba con él a todas partes. A la edad de 15 años estaba jugando en las ligas semi-profesionales para la ciudad de Cataño. También era uno de los entrenadores de un equipo de ligas menores, algo así como los “Bad New Bears.” Esto fue muy importante porque fue cuando realmente empecé a disfrutar el trabajar con los jóvenes. Continúe trabajando en las ligas menores pues lo disfrutaba mucho. Ayudé a muchos niños a mantenerse fuera de problemas y ese era una sensación muy bonita. Nunca la olvidaré.

Cuando tenía 16 años me ofrecieron 25,000 dólares para jugar profesionalmente con los Expos de Montreal. Alrededor de ese tiempo, Pedro murió inesperadamente, sufrió un ataque al corazón frente a nosotros. Me deprimí mucho, no dormía en la noche, no quería dormir con la luz apagada y tenía pesadillas horribles. La muerte me daba miedo como si me persiguiera. Tampoco salía de mi cuarto ni jugaba béisbol. Esto duro meses y finalmente una noche tuve un sueño en el que Pedro y yo platicamos, estábamos como en las nubes. Él me aseguró que estaba bien y que yo no debía temer. Con todo ese caos en mi vida, nunca consideré la oferta de jugar con los Expos, y la oportunidad de jugar en las grandes ligas nunca regresó. Este periodo en mi vida realmente cambié, ya nunca fui el mismo. Mi hermana se había convertido en una técnica radióloga y yo decidí en hacerlo también. Fui a estudiar para ello a San Juan. Me mantenía a mí mismo y pagaba la escuela gracias a la economía de las calles.

Sin embargo la mayoría de mi tiempo lo pasaba con mi vecino, Wiesel. Él estaba involucrado en la política de Puerto Rico y en ese tiempo escribía para el periódico “El Mundo.” Wiesel había sido mi tutor desde que yo tenía 14 años. Así fue como me involucré con la política y desarrolle una conciencia. Wiesel me presentó a Rubén Berrios, un líder fuerte del Partido Independentista de Puerto Rico (PIP). Rubén y el PIP rentaron una casa en mi barrio como oficina y centro para su organización y sus reuniones. Se volvió la oficina principal del comité del PIP. Yo me involucré bastante con ellos y me la pasaba dando folletos en las calles, tratando de atraer a nuevas personas para que asistieran a las reuniones y se unieran al movimiento por la independencia. El PIP estaba tratando de ser reconocido como un partido político en Puerto Rico pero el gobierno no quería y nos atacó. Nuestros colores eran el verde y el blanco. El PIP había logrado sacar al ejército estadounidense de Culebra, y Rubén quería que el partido se estableciera para poder ser candidato y ser elegido, y poder hacer cambios reales. Berrios y otros líderes importantes del movimiento empezaron a tener reuniones en la oficina principal del PIP que estaba en mi barrio. Todo era muy disimulado porque en aquel entonces era peligroso. El movimiento estaba tratando de reagruparse y emplear nuevas estrategias.

“El Mundo” era un periódico muy importante, era político y muy poderoso. En los años setentas, una familia anglosajona de los Estados Unidos compro el periódico y entonces dejó de ser el periódico de la gente. Después de la compra y de una manera muy elegante, los nuevos dueños presentaron la nueva visión de “El Mundo.” Nosotros fuimos al evento a protestar, éramos cerca de 900 personas afuera del lugar, golpeando las limosinas de los famosos al llegar. Estábamos afuera tocando congas, gritando, protestando, era un hecho importante. Estábamos pidiendo un boicot al periódico. Al siguiente día mi cara y la de Wiesel estaban en todas las noticias. Mi rostro y el de todos los independentistas estaban en la primera página y en la televisión. Tres semanas después, mi madre me dio un boleto de avión. Le pregunté, ¿qué es esto? y ella me dijo, es el mejor dinero que he usado en toda mi vida y tú te vas a ir a Kentucky a visitar a tu hermano. Siempre supe que ella lo hizo para protegerme, porque los independentistas estaban siendo secuestrados o asesinados. Sin importar como me sentí, la obedecí.

No fue sino hasta después supe que unos agentes del FBI habían ido a mi casa y habían amenazado a mi madre y familia. Ellos dijeron que yo tendría que cooperar o si no me meterían a la cárcel o me harían algo peor. Los agentes también dijeron que le harían la vida difícil a mi familia si yo no trabajaba con ellos. Mi madre conociendo la situación, sin tener muchas opciones y temiendo por mi vida, me mandó lejos, fuera de Puerto Rico. En un viaje a la isla, después de varios años, Wiesel me mostró el archivo que el FBI tenía de mi. El fue quien me explicó lo que había sucedido con el FBI y mi madre y como ella había salvado mi vida al enviarme lejos. Viví muchos años sin saber los detalles de mi repentina salida de Puerto Rico. En ese tiempo tenía 16 años.

Cuando llegué a Kentucky mi hermano y su esposa me recogieron del aeropuerto. Me llevaron a su casa y por unas semanas estuve allí, cuidando a mi sobrino. Luego mi hermano descubrió que yo había hecho el examen para entrar al ejército en Puerto Rico y me sugirió que me alistara. Yo no quería hacerlo pero mi hermano me aseguró que eso me ayudaría a recibir entrenamiento médico y así poder recibirme como técnico radiólogo; además, el ejército pagaría por todo. Mi hermano me llevó a la oficia de reclutamiento y yo no entendía nada, no hablaba inglés. Mi hermano hizo todos los acuerdos por mí. Un día antes de ingresar al ejército, el reclutador nos dijo que no había espacio en el entrenamiento médico pero que podía hacer el MOS (sección de la reserva militar) y después de un entrenamiento básico podría ingresar a la escuela de medicina. Esa fue la promesa que me hicieron.

Me enviaron a Fort Briss en Texas. La primera vez que el sargento del programa de prácticas me vio, yo tenía un corte afro y una actitud desafiante; así que de ahí en adelante no me lo quité de encima. Me insultó y me hizo que me cortara mi cabello. Mis recuerdos del entrenamiento básico son el estar siempre en problemas y haciendo lagartijas. Por eso lo odie. No sabía suficiente inglés como para poder entender a los demás, pero a ellos no les importaba, y esperaban que lo aprendiera yo solo. Cada vez que cometía un error, tenía que hacer más lagartijas. Al final de cada día había hecho alrededor de 500 o 700 lagartijas. Me habían ofrecido la oportunidad de ir a la escuela a aprender inglés, pero si aceptaba no podía ir a Puerto Rico en la navidad. Extrañaba tanto Puerto Rico que cuando la navidad llegó, ellos de todas modos me negaron mi petición para ir a casa. Así que hubiera sido mejor ir a la escuela a aprender inglés y no tener que hacer tantas lagartijas.

Después de graduarme del entrenamiento básico, fui a la escuela de artillería en donde conocí a la que después sería mi esposa, Shari. Ella trabajaba en la cafetería como civil. Empezamos a salir y nos comunicábamos con un diccionario. Ella es filipino-americana y no hablaba español. Me ayudo a aprender inglés y yo me enamoré rápidamente de ella. Lo que no sabía era que su hermano mayor era mi sargento. Me di cuenta cuando fui a su casa y el abrió la puerta. Después de esa noche su hermano me hizo la vida difícil tratando de desanimarme para no volver a ver a Shari. Pero nosotros no dejamos de vernos y eso lo hizo enojar aún más y echó a Shari de su casa. Tuve que hacer varios arreglos para que ella pudiera irse a Puerto Rico y se quedara con un amigo mío, el teniente Santos. Yo también quería regresar a Puerto Rico con Shari. Quería irme a casa y salirme del ejército porque sentía que me habían mentido. Ellos me prometieron que después del entrenamiento básico yo podría continuar mi educación como técnico radiólogo, pero me mintieron. Cuando les pregunté cuando podría ir a la escuela de medicina, ellos se burlaron de mí y me dijeron que me iban a enviar a Grecia. Me sentí traicionado por el ejército, y por mi hermano. Así que le dije al ejército de los Estados Unidos “besa mi trasero negro puertorriqueño” y me fui.

No tenía para comprar dos boletos, así que mandé a Shari primero para que estuviera segura con mi familia en Puerto Rico. Le mandé a mi familia una fotografía de ella para que pudieran reconocerla en el aeropuerto, y le dije a mi madre que planeaba desertar del ejército y permanecer escondido en la casa del teniente Santos. Tenía que idear un buen plan para salir de EE.UU sin que me capturaran. El teniente me prestó ropa de civil para que no me reconocieran, pero cuando llegué al aeropuerto me encontré con el sargento que conocí en el programa de prácticas, y pensé que todo se acabaría. El me miró y me dijo: Ortiz, ¡buena suerte! y me dejó ir. Cuando llegué a Puerto Rico, Shari estaba ahí con mi familia, pero era muy infeliz. Ella no hablaba español y extrañaba mucho a su familia que estaba en Oakland. Mi vecino me convenció de que me entregara al ejército para que Shari y yo no tuviéramos que huir por siempre. Así que me entregue en el Fuerte Buchannan en Puerto Rico, enseguida me esposaron, por haber desertado del ejército de los EEUU.

Me enviaron a Florida, a una base naval, en donde me mantuvieron en una celda por cinco días. Después, me mandaron en autobús a Carolina del Norte. Llegué al Fuerte Bragss como prisionero y luego de dos días, una capitana vino a mi celda a hablar conmigo. Me dijo que había leído mi expediente y que me dejarían salir de manera honorable porque me había entregado. Finalmente, fui transportado a una base militar en Carolina del Sur, y cuando me dijeron que podía irme yo no sabía en donde estaba. Llamé a mi madre y ella me compró un boleto de avión para que regresara a casa, me tomó 17 horas llegar a Puerto Rico. Llegué ahí un día antes de navidad. Pasamos los días festivos con mi familia pero Shari estaba muy triste, así que empacamos nuestras cosas y nos fuimos a vivir a Oakland con su familia.

Nos mudamos con sus padres, quienes tenían una casa al este de Oakland, e inmediatamente y a causa de los estereotipos, su padre me odió por el hecho de ser negro. Me sentí muy solo en esa casa. Todos hablaban Tagalog y yo solamente hablaba español. El único que hablaba conmigo era el abuelo de Shari, él si hablaba español. Me recuerdo llorando y observando la ciudad de Oakland desde la avenida 73, sintiéndome muy solo y triste. Para ese tiempo Shari estaba embarazada y en una pelea con su padre, quien estaba enfurecido porque ella tendría un hijo con un negro, nos echó de la casa con lo que traíamos puesto y no más. Shari traía un abrigo y yo una camiseta. Solo teníamos 5 dólares en nuestros bolsillos. Así que tomamos el autobús del bulevar Foothill hacia el lago y dormimos juntos, los dos usamos su chaqueta como cobija, en una banca en Lake Merrit. Cuando el sol salió, los dos estábamos helados. Ella tenía siete meses de embarazo. Así que gastamos nuestros últimos tres dólares en un café, endone estaba cálido, y compramos donas y café. En la mañana llamamos a su madre para que nos recogiera, y yo decidí que tenía que encontrar la manera de independizarnos de su familia y poder mantenerla a ella y a nuestro hijo por nacer. Su mamá nos llevó a la casa de una de sus tías que estaba ausente. Ese fue nuestro primer lugar, juntos. A donde quiera que iba, la gente me trataba con desdén. Cuando fui a la oficina de motores y vehículos a obtener una identificación me preguntaron por mi permiso para estar en el país. Les dije que era ciudadano americano pero nunca me creyeron y a veces hasta se burlaban de mí. Tuvieron que investigar para darse cuenta de que los puertorriqueños también somos ciudadanos norteamericanos. A donde quiera que iba me trataban mal. Por todo un año todo lo que comí fueron hamburguesas con queso y papas fritas porque eso era lo único que podía ordenar en inglés. Todavía no sabía hablar bien en inglés. Un día mi suegra, una inmigrante de las filipinas, me dijo: tú tienes que aprender a hablar inglés o nunca vas a progresar, ¡tienes que aprender! Así que me decidí a estudiar el idioma.

No aprendí en un salón de clases sino en los AC Transit, la línea de autobuses. Los autobuses fueron mis salones de clase y la gente de Oakland mis maestros. Yo escuchaba todas las conversaciones a mi alrededor. Desde luego que aprendí las malas palabras primero, pero en el autobús, yo le hablaba a las personas sin importarme si decía las palabras incorrectamente. Yo estaba decidido a intentarlo y a aprender. Así que cada día yo abordaba un camión y cada día aprendía más. Cuando regresaba a casa mi esposa me enseñaba con un diccionario. Ella era muy paciente y muy buena maestra. Sin ella, yo nunca hubiera podido aprender. Siempre me motivaba. Ella es una esposa y una madre maravillosa. La gente se burlaba de mi cuando yo trataba de hablar en inglés. Me iba a los restaurantes y trataba de ordenar comida. Las personas pretendían que no me entendían solamente para hacerme repetir las palabras una y otra vez y luego burlarse de mí. Así que decidí utilizar la barrera lingüística en mi favor. Entonces cuando hacía algo mal, yo decía lo siento no entendí lo que dijiste, para que pareciera que si sabía lo que estaba haciendo y el único problema que tenía era de comunicación.

Realmente me sentía mal por la comunidad de inmigrantes que vivía en Oakland. Para ellos había sido más duro.  Al menos yo tenía un seguro social y ciudadanía. Ellos tenían que enfrentar la misma discriminación  y al mismo tiempo vivir con  el temor de que los agarrara la migra. Otros inmigrantes latinos no me querían. No podían entender cómo yo podía tener ciudadanía y una identificación y todo. Estaban celosos de mi por esos privilegios, como si yo los hubiera pedido. Sin embargo si usé esa ventajas para obtener un empleo con la ciudad. Hice un examen para hacer impresiones y obtuve el 98.9% del puntaje. Conseguí mi primer trabajo permanente con la ciudad y trabajé asiduamente.  Durante ese tiempo ayudé a fundar el “Lowrider Car Club” en Oakland (autos clásicos modificados). Queríamos terminar con los estereotipos que había de los “Lowriders” de criminales de clase baja que sólo venden drogas y son violentos. Así que como club hicimos esfuerzos serios para limpiar la comunidad, borrando el grafiti, y alimentando a los indigentes en nuestro vecindario. Creo que mi compromiso con la comunidad vino de Puerto Rico. Eventualmente obtuvimos la atención de los medios de comunicación como una organización de latinos, inmigrantes y residentes que ayudaban a la comunidad. Nos ganamos el respeto y el apoyo de la policía y con el tiempo dejaron de darnos infracciones y de acosarnos.  El departamento de policía nos respetaba y nosotros también los respetábamos.

Realmente derribamos la barrera. Continuamos con nuestro trabajo comunitario, tratando de invitar a las gangas en nuestro barrio en Oakland. Tratamos de enseñarles a ser listos, a ver más allá de esta vida. En ese tiempo había mucha hostilidad entre la policía y la comunidad por lo que la ciudad de Oakland implementó una estrategia de compromiso mutuo entre la policía y los ciudadanos. Yo le dije a la pandilla, con la que habíamos estado trabajando, que los policías estaban hablando mal de ellos y diciendo que eran buenos para nada, y que ni siquiera podían jugar deportes; que si hubiera un juego de softball contra el equipo de los policías, los oficiales los harían pedazos. La pandilla aceptó el reto de jugar contra los policías, pero la verdad es que la policía no sabía nada. Era una mentira que inventé.  Le dije la misma mentira a los policías y acordamos que el juego sería en las colinas, entre los policías y los pandilleros.  Pagué por los uniformes de los “homeboys” con mi propio dinero. Camisetas blancas con el nombre del vecindario en la espalda.  Cuando llegué con ellos al parque, los policías nos estaban esperando. En vez de dejar que jugaran unos contra de los otros formé equipos combinados y tuvimos que jugar juntos. El canal televisivo 2 vino a vernos y el evento, policías y pandilleros jugando softball, fue cubierto en todos los noticieros.

El segundo partido que jugamos fue entre policías y civiles, en donde los muchachos derrotaron a los oficiales. Unas semanas después, en Halloween, un policía blanco que estaba furioso por haber perdido, atropelló a dos jóvenes de una pandilla que habían participado en aquel juego. A uno de los muchachos lo aventó varios metros en el aire y le quebró las piernas.  El muchacho cayó encima de la patrulla y entonces el policía lo obligó a que se parara y caminara hacia la parte trasera del auto. Mientras tanto el chico aullaba de dolor.  Las personas que andaban pidiendo dulces y demás, observaron lo sucedido,  aventaron botellas y otras cosas a la patrulla mientras se alejaba. El otro muchacho que fue atropellado estaba inconsciente tirado en la calle. La comunidad estaba enloquecida, pedían justicia y cargos criminales para el oficial.  Tuve que organizar una reunión  en un salón con el mayor, el jefe de la policía y los miembros del consejo. A la reunión asistieron 500 personas y el jefe de policía les prometió que una investigación con resultados se llevaría a cabo en menos de 30 días; y justamente, treinta días después el oficial fue despedido.

El alcalde de la ciudad reconoció mis esfuerzos para resolver la situación y estaba sorprendido de que yo pudiera haber hecho todo eso en mi tiempo libre. Fui promovido al Departamento de Parques y Recreaciones para diseñar reuniones comunitarias  y dirigir programas que ayudaran a los chicos a mantenerse fuera de las calles.  Trabajé en esta posición por 25 años. En 1994, convertí un auto de la policía en un Lowride y después diseñe un Lowride para el departamento de bomberos. Hice todo en un intento por cerrar la brecha entre los oficiales y la comunidad. Como el padre de cuatro hijos yo tengo la responsabilidad de mejorar sus posibilidades de alcanzar el éxito en sus vidas. Hago esto al estar con ellos y al tratar de mejorar nuestra comunidad para ellos. He participado en muchos programas comunitarios exitosos en mi trabajo con la ciudad y por ello he recibido reconocimientos y honores de gobiernos y entidades locales y estatales el país. Sin embargo todo este tiempo también me he enfocado en ayudar a los inmigrantes latinos que no tienen voz por el solo hecho de estar aquí ilegalmente, o porque temen acercarse al gobierno.

Con la ayuda de un abogado empecé a poner demandas a los dueños de apartamentos que  rentaban a inmigrantes solamente. Lleve a los medios de comunicación a esos lugares para que vieran que los niños tenían que jugar entre la basura pudriéndose, les mostré las tuberías que bombeaban heces humanas en los lavabos y tinas de baño. Los apartamentos infestados con ratas estuvieron en todos los noticieros. Utilicé el privilegio de ser ciudadano norteamericano para ayudar a mi gente latina. Logramos que muchas personas pudieran vivir en mejores condiciones. Inclusive hoy en día me llaman para que les ayude a hacer el papeleo y poner demandas contra de los dueños de las viviendas. Hice esto principalmente para ayudar a los inmigrantes latinos pero lo haría por todas las personas que fueran obligadas a vivir en condiciones que no son buenas ni para los animales.  Usé mis influencias en la ciudad para ayudar a aquellos que no tenían voz.  Cuando la gente le falta respeto a los latinos, sean inmigrantes o no, me enoja y lo tomó como algo personal. Creo que las leyes de migración en EE.UU y hacia los inmigrantes son ridículas, el gobierno debe dejar de castigar a la gente que necesita.  Los inmigrantes indocumentados vienen aquí y hacen todo el trabajo. El trabajo que nadie quiere hacer porque es mal pagado. Si todos los inmigrantes se fueran el país se colapsaría, se paralizaría. Es necesario dejar que la gente venga, trabaje y darles ciudadanía. De todos modos están aquí y cuando las leyes son creadas para hacer algo ilegal, también se crean más oportunidades para que actos criminales sucedan. ¿Por qué ir tras la gente que nuestra economía necesita para funcionar?  Esas personas pagan impuestos pero el gobierno las persigue. Todos los inmigrantes latinos deberían tener las ventajas que tuve yo. Si todos ellos tuvieran esos privilegios, habrían más personas contribuyendo a nuestra sociedad como lo hice yo en vez de vivir con miedo.

He trabajado para la ciudad por más de 25 años, todo el tiempo trabajando con los jóvenes.  Ahora estoy trabajando en los colegios tratando de reclutar y ayudar a estudiantes latinos.  Tengo cuatro hijos, un nieto y una nuera. Estoy orgulloso de mi familia y deseo retirarme dentro de algunos años y regresar a Puerto Rico. Quiero ayudar a mi comunidad en mi tierra natal, quiero disfrutar de mi familia y explorar nuestra isla. Tal vez a mis cincuenta años me estoy retirando temprano, pero quiero disfrutar mi vida un poco antes de que me muera.  El plan de este país es el tener a la gente trabajando hasta que están casi muertos. Pero a mí no. En cuanto a la situación de Puerto Rico, yo creo que no debe convertirse en estado, sólo hay que ver lo que le sucedió a Hawaii.  No debemos dejar que eso pase, siento que debe permanecer como está. Los Estados Unidos arruinaron a Puerto Rico, tomaron el control y nos hicieron flojos al darnos welfare (asistencia social). Nos robaron una parte de lo que somos cuando nos quitaron nuestra tierra y se pusieron a construir en ella. Eramos campesinos y estábamos conectados con nuestra tierra desde los Taínos. Ahora somos una gente que vive en una tierra colonizada, pero no vamos a dejar de luchar. No nos hemos asimilado. Somos puertorriqueños, no norteamericanos. Somos una gente orgullosa y nuestra cultura es fuerte. Aun después de haber sido colonizados por los españoles y luego por los norteamericanos, todavía conservamos nuestras tradiciones y nuestro espíritu no será quebrantado; porque somos sobrevivientes.  Me siento orgulloso de lo que he logrado en Oakland, estoy orgulloso de mi lucha y de mi determinación. Y estoy planeando regresar a Puerto Rico y vivir el resto de mis días en mi isla preciosa.   
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