Migration Story
California State University East Bay 
       

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Isabel González

Escrito por: Lisa González, Marzo 4, 2007
Traducido por: Melissa Ordoñez – Junio, 2010


Mi nombre es Isabel González. En 1937 inmigré de Cuba a Nueva York. Tenía 18 años cuando mi única hermana, Elvira y yo venimos en bote con una amiga de mi madre y sus dos hijas. Mis padres habían dejado Cuba un año antes. Una vez que llegaron ellos a Nueva York, empezaron a trabajar y a mandarnos dinero para que eventualmente también nosotras pudiéramos venir. Nosotros amábamos Cuba pero estábamos igual de contentas de poder vivir en los Estados Unidos. Este testimonio es sobre el viaje de mi familia a este país.


La amiga de mi madre y sus dos hijas vinieron con nosotras pero mis padres lo pagaron todo, fue su manera de decirle gracias. Ella vivió con nosotros por un año y luego regreso con sus hijas a Cuba. Nosotros nunca regresamos, pero la transición no fue difícil para nosotras. Mis padres eran originalmente de Jamaica, emigraron a Cuba cuando eran jóvenes para trabajar en los campos de azúcar. Mi mamá nos enseño a ser independientes desde pequeñas, así que aprendimos a cocinar y a cuidar de nosotras mismas. Para cuando yo tenía 8 años ya sabía cocinar.

Mi hermana y yo fuimos a una escuela privada en la Habana y crecimos siendo católicas. Yo soy muy devota en mis creencias así como en la vida misma. Tuve que serlo. En la escuela yo no podía escribir con la mano derecha. Recuerdo que una maestra me golpeaba cada vez que yo utilizaba mi mano izquierda para escribir. Mis padres trabajaban mucho, por eso mi hermana y yo nos encargábamos de las cosas de la casa, como hacer la comida y limpiar. Mis padres inmigraron a EE.UU primero en 1933. Empezaron a trabajar y a ahorrar dinero para nosotras. Cuando venimos a Nueva York  tuvimos que acostumbrarnos al clima frío. También tuvimos que decirle adiós a nuestra casa y adaptarnos a un lugar nuevo. En la segunda semana después de que llegamos  empezamos a ir a la escuela. Nueva York era muy similar a la Habana en Cuba, sólo que mucho más grande. En la Habana teníamos negocios y escuelas y la gente trabaja asiduamente, igual que en Nueva York. Cuando mis padres vinieron, trabajaron en empleos de salarios mínimos y nunca pidieron ayuda del gobierno. Siempre pudimos sostenernos.

Mi hermana y yo empezamos a ir a la escuela dos semanas después de que llegamos. Fue ahí donde conocimos buenos amigos y a el que sería mi esposo. Sólo asistí a la escuela por un año, después empecé a trabajar. Luego me casé con Arsenio González, quien era también un inmigrante Cubano. Él estaba muy orgulloso de ser cubano y a la vez ciudadano norteamericano. Estuvo en el servicio militar durante la segunda guerra mundial y en las Filipinas. Tuvimos tres hijos y trabajamos con ahínco para criarlos bien. Los enviamos a una escuela católica para que fueran estrictos con ellos. Mi padre falleció y mi mamá se mudó a Arizona en donde trabajó como sirvienta para una familia anglosajona. Yo mandé a mi hijo varón más grande a vivir con ella cuando el tenía 12 años. El creció ahí, en una comunidad segregada. Mi hija y mi hijo varón más pequeño se quedaron con nosotros en Nueva York y eventualmente se casaron y tuvieron hijos. Amo muchísimo a mis nietos. Mi hija tuvo dos hijos, un niño y una niña. Mi hijo mayor tuvo dos niñas y tres varones, y mi hijo pequeño sólo tuvo un hijo.

Trabajé como costurera en una fábrica de colchonetas y sábanas, en donde apreciaban mi trabajo y pude hacer muchos amigos. Yo era la asistente del gerente. La fábrica era pequeña, trabajábamos sólo 10 personas, todos de diferentes razas. Eramos como una familia. Desafortunadamente, después de trabajar, subir y bajar escaleras por  40 años, desarrollé un problema de artritis en mis manos y piernas. Tenía que abordar el autobús y el tren rápido por una hora de ida y otra hora más de regreso, de la ciudad en que vivía hasta en donde estaba mi trabajo. Yo vivía en el Bronx pero trabajaba en Manhattan. Mi esposo tenía que viajar dos horas para poder ir a su trabajo. El trabajaba  como empleado de limpieza en un banco. Disfrutaba su trabajo y también el era apreciado ahí. Para cuando llegábamos a nuestra casa siempre estábamos cansados. Pero como amábamos la comida cubana siempre nos preparábamos algo para cenar. Después la cena veíamos televisión, yo me quedaba dormida en el sillón por un rato y luego me levantaba a limpiar la cocina. Pero la alegría en nuestra vida era nuestra familia.
               

Nosotros amamos nuestra familia. Mi esposo tiene muchos hermanos y hermanas, y sobrinos que emigraron de los ranchos  cubanos para venir a vivir a los Estados Unidos. Cuatro de ellos abrieron una carnicería pero aunque tenían el negocio también tenían dificultades para sostener a sus familias. Mi esposo y yo nos retiramos y nos mudamos a Hudson, al lado del río con ese mismo nombre. Era un área hermosa, la mayoría de las personas eran retirados. Desafortunadamente mi esposo murió hace dos años de cáncer en el pulmón, y yo me quede viviendo sola y lejos de mis dos hijos que viven en el Bronx. Con el tiempo mis hijos me convencieron para que me mudara más cerca de ellos. Hoy tengo 85 años y aun estoy fuerte, pero ahora disfruto mi tiempo con mis hijos, nietos y bisnietos. Esa ha sido la historia de mi experiencia de Cuba a los Estados Unidos.  Amo Cuba y tengo recuerdos muy hermosos de ella pero también amo Nueva York.

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