Mi nombre es Isabel González.
En 1937 inmigré de Cuba a Nueva York. Tenía 18 años cuando mi única hermana,
Elvira y yo venimos en bote con una amiga de mi madre y sus dos hijas. Mis
padres habían dejado Cuba un año antes. Una vez que llegaron ellos a Nueva
York, empezaron a trabajar y a mandarnos dinero para que eventualmente también
nosotras pudiéramos venir. Nosotros amábamos Cuba pero estábamos igual de
contentas de poder vivir en los Estados Unidos. Este testimonio es sobre el
viaje de mi familia a este país.
La amiga de mi madre y sus dos
hijas vinieron con nosotras pero mis padres lo pagaron todo, fue su manera de
decirle gracias. Ella vivió con nosotros por un año y luego regreso con sus
hijas a Cuba. Nosotros nunca regresamos, pero la transición no fue difícil para
nosotras. Mis padres eran originalmente de Jamaica, emigraron a Cuba cuando
eran jóvenes para trabajar en los campos de azúcar. Mi mamá nos enseño a ser
independientes desde pequeñas, así que aprendimos a cocinar y a cuidar de nosotras
mismas. Para cuando yo tenía 8 años ya sabía cocinar.
Mi hermana y yo fuimos a una
escuela privada en la Habana y crecimos siendo católicas. Yo soy muy devota en
mis creencias así como en la vida misma. Tuve que serlo. En la escuela yo no
podía escribir con la mano derecha. Recuerdo que una maestra me golpeaba cada
vez que yo utilizaba mi mano izquierda para escribir. Mis padres trabajaban
mucho, por eso mi hermana y yo nos encargábamos de las cosas de la casa, como
hacer la comida y limpiar. Mis padres inmigraron a EE.UU primero en 1933.
Empezaron a trabajar y a ahorrar dinero para nosotras. Cuando venimos a Nueva
York tuvimos que acostumbrarnos al clima
frío. También tuvimos que decirle adiós a nuestra casa y adaptarnos a un lugar
nuevo. En la segunda semana después de que llegamos empezamos a ir a la escuela. Nueva York era
muy similar a la Habana en Cuba, sólo que mucho más grande. En la Habana
teníamos negocios y escuelas y la gente trabaja asiduamente, igual que en Nueva
York. Cuando mis padres vinieron, trabajaron en empleos de salarios mínimos y
nunca pidieron ayuda del gobierno. Siempre pudimos sostenernos.
Mi hermana y yo empezamos a ir a la escuela dos semanas después de que
llegamos. Fue ahí donde conocimos buenos amigos y a el que sería mi esposo. Sólo
asistí a la escuela por un año, después empecé a trabajar. Luego me casé con
Arsenio González, quien era también un inmigrante Cubano. Él estaba muy
orgulloso de ser cubano y a la vez ciudadano norteamericano. Estuvo en el
servicio militar durante la segunda guerra mundial y en las Filipinas. Tuvimos
tres hijos y trabajamos con ahínco para criarlos bien. Los enviamos a una
escuela católica para que fueran estrictos con ellos. Mi padre falleció y mi
mamá se mudó a Arizona en donde trabajó como sirvienta para una familia
anglosajona. Yo mandé a mi hijo varón más grande a vivir con ella cuando el
tenía 12 años. El creció ahí, en una comunidad segregada. Mi hija y mi hijo
varón más pequeño se quedaron con nosotros en Nueva York y eventualmente se
casaron y tuvieron hijos. Amo muchísimo a mis nietos. Mi hija tuvo dos hijos,
un niño y una niña. Mi hijo mayor tuvo dos niñas y tres varones, y mi hijo
pequeño sólo tuvo un hijo.
Trabajé como costurera en una fábrica de
colchonetas y sábanas, en donde apreciaban mi trabajo y pude hacer muchos
amigos. Yo era la asistente del gerente. La
fábrica era pequeña, trabajábamos sólo 10 personas, todos de diferentes
razas. Eramos como una familia. Desafortunadamente, después de trabajar, subir
y bajar escaleras por 40 años,
desarrollé un problema de artritis en mis manos y piernas. Tenía que abordar el
autobús y el tren rápido por una hora de ida y otra hora más de regreso, de la
ciudad en que vivía hasta en donde estaba mi trabajo. Yo vivía en el Bronx pero
trabajaba en Manhattan. Mi esposo tenía que viajar dos horas para poder ir a su
trabajo. El trabajaba como empleado de
limpieza en un banco. Disfrutaba su trabajo y también el era apreciado ahí.
Para cuando llegábamos a nuestra casa siempre estábamos cansados. Pero como
amábamos la comida cubana siempre nos preparábamos algo para cenar. Después la
cena veíamos televisión, yo me quedaba dormida en el sillón por un rato y luego
me levantaba a limpiar la cocina. Pero la alegría en nuestra vida era nuestra
familia.
Nosotros amamos nuestra familia. Mi esposo tiene
muchos hermanos y hermanas, y sobrinos que emigraron de los ranchos cubanos para venir a vivir a los Estados
Unidos. Cuatro de ellos abrieron una carnicería pero aunque tenían el negocio
también tenían dificultades para sostener a sus familias. Mi esposo y yo nos
retiramos y nos mudamos a Hudson, al lado del río con ese mismo nombre. Era un
área hermosa, la mayoría de las personas eran retirados. Desafortunadamente mi
esposo murió hace dos años de cáncer en el pulmón, y yo me quede viviendo sola
y lejos de mis dos hijos que viven en el Bronx. Con el tiempo mis hijos me convencieron
para que me mudara más cerca de ellos. Hoy tengo 85 años y aun estoy fuerte,
pero ahora disfruto mi tiempo con mis hijos, nietos y bisnietos. Esa ha sido la
historia de mi experiencia de Cuba a los Estados Unidos. Amo Cuba y tengo recuerdos muy hermosos de
ella pero también amo Nueva York.