Migration Story
California State University East Bay 
       

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Guatemala Reu

Escrito por: Zachary Daniels
Traducido por: Miguel Pimentel

Ha sido un camino largo y costoso, pero el próximo enero voy a tomar el examen para mi ciudadanía estadounidense.

Me llamo Guatemala Reu. Nací en Retalhuleu, Guatemala el 14 de junio de 1960. Soy la “número uno” de cinco hijas (no me gusta que me llamen la menor). Nosotras nacimos cada una con un año de diferencia. Mi madre era una mestiza de Guatemala y mi padre era mitad italiano y medio mestizo de Guatemala. Mi padre era un hombre muy rico. Era dueño de todo tipo de terrenos, el tenía plantaciones de algodón y café. La ciudad en que vivíamos era pequeña y bonita, cerca de 130,000 personas. Se encuentra a unos cuarenta kilómetros de la costa. No había indios allí, la mayoría eran terratenientes ricos. Había, sin embargo, una existencia definida de dos clases sociales, la alta y lo baja, ricos y pobres. En nuestra casa teníamos cerca de cinco empleadas domésticas que hacían todo por nosotros. Pasabamos la mayor parte de nuestro tiempo simplemente socializando. Siempre recibíamos invitados, teníamos reuniones y siempre iba con ellos a las  casas de otras personas. Vivíamos una vida muy buena.

Algunos de mis mejores recuerdos de mi niñez eran cuando podíamos ir a fiestas. Recuerdo que no nos permitían asistir a ellas hasta que tuviéramos trece años de edad. Estas fiestas no eran como las que van los niños en los Estados Unidos. Teníamos que ir con nuestros padres y era una gran cosa. Nunca íbamos por  nuestra cuenta. Podíamos ir a fiestas como quinceañeras. Cumplir quince años era muy importante para nosotras. Entonces podíamos usar esmalte para pintarnos las uñas de las manos y los pies, y también perforar nuestros oídos. Fue en este momento que podíamos empezar a ir a las bodas también. Otra cosa especial que recuerdo de crecer, es que todos los domingos mi padre nos llevaba a lugares como a la piscina y pasar el rato en el club de campo, o tomábamos unas cortas vacaciones durante unos días, o a veces alquilábamos un pequeño avión para volar en la ciudad. Tuve una buena infancia.

El 4 de febrero de 1976, hubo un gran terremoto en Guatemala. Recuerdo que yo tenía dieciséis años y ocurrió en medio de la noche, yo estaba durmiendo. Me desperté con el ruido fuerte del terremoto y los crujidos que mi enorme casa de madera estaba haciendo. Corrí por el gran pasillo de mi casa donde mi madre tenía un montón de plantas colgadas, varias de ellas me pegaron en la cabeza al pasar. Yo vivía en una casa grande y fuerte por lo que no se destruyó mucho, tampoco en sus alrededores; pero eso no fue el caso de algunas de las zonas más pobres. Mi padre y algunos de sus amigos se reunieron y adoptaron a una de las ciudades que fue dañada severamente. Sus casas eran de adobe y el terremoto las había destruido. Pude ir con mi padre para ayudar. Ayudé a atender partos, dar vacunas, curar los huesos rotos y operar a personas con lesiones graves allí, en medio de la calle, mientras que las réplicas del terremoto continuaban. Hubo réplicas cada veinte o treinta minutos durante tres o cuatro días. Fue una gran experiencia.

Unos años más tarde comencé a salir con Jorge, un joven que crecí con él. Su familia era amiga de la mía y nos casamos en mayo de 1979. En Guatemala, a diferencia de los Estados Unidos, es el novio que paga por todo. La boda fue muy elegante con todo lo que el dinero podía comprar. También recibimos una lluvia de todo tipo de regalos. Tuvimos mucha suerte.

Poco después, me quedé embarazada de mi primer hijo, Alberto. Cuando estaba embarazada de ocho meses, Jorge y yo fuimos a una cita con el médico para un chequeo. Mientras estábamos en el consultorio del médico, Jorge me dijo que iba a depositar dinero en el banco. Diez minutos después, una anciana entró a la oficina y dijo que alguien estaba muerto junto al semáforo. Pensé de inmediato que era Jorge. Les dije que era él, pero no me creyó. Fui corriendo por las escaleras, con la barriga enorme y todo. Cuando descendía por la escalera, una ambulancia se precipitó por el cuerpo. Vi sus zapatos y los pantalones en la calle y lo sabía. Él ya estaba muerto, pero si ellos no hubieran actuado con prontitud para llevarlo al hospital, su cuerpo hubiera estado allí durante horas hasta que el juez llegara a levantarlo. Estaba devastada. Me ocupé de todo y lo enterré el mismo día. Tomé sus cosas y se las llevé a sus padres y les dije que no quería nada de ellos y me fui.

Tuve mi primer hijo, Alberto, y seguí con mi vida. Nos trasladamos a vivir con mi familia en Retaluleu. Terminé la escuela de leyes, pero nunca ejercí la carrera. Ayudé a hacer trabajo social durante un tiempo. Un amigo de la infancia, Alfonso Muralles, era el secretario de una mujer llamada Rigoberta Menchú. Me contó todo sobre el trabajo que estaba haciendo y me pidió que me involucrara. No sólo contribuía financieramente, sino que ayudé como voluntaria en mi tiempo también. Ella es una mujer maravillosa.

Unos años más tarde, en un viaje a la ciudad, conocí a Enrique. Era un conductor de autobús de la sierra. Nunca pensé que me gustaría otro hombre después de todo el sufrimiento que había experimentado, entonces no nos casamos, pero él era especial. Esto no importó a mis padres. Ellos lo vieron como un insulto para ellos que saliera con un conductor de autobús. No me importaba. Tuve el hombre más rico y lo mataron, yo no necesitaba a otro hombre rico. Este era un gran problema en mi ciudad. Ahora era la oveja negra, la rebelde.

Tuve mi primera hija, Isabel, en octubre de 1984 y mi segunda hija, Sofía, en octubre de 1985. Habíamos estado juntos por años ... y teníamos dos hijos juntos, pero todavía no estábamos casados. No  podíamos pagar la boda en ese punto, así que todos mis amigos cooperaron y así pudimos. Un amigo se hizo cargo de las flores, otra de la iglesia, otro de las invitaciones, y otro los vestidos, etc. Nos casamos en julio de 1988. Después de casarnos, me mudé a Huehuetenango, de donde era Enrique. Dejamos a Alberto con mis padres porque es con quienes pasó la mayor parte del tiempo, él todavía está allí ahora.

Huehuetenango era una ciudad tranquila en la sierra. Había un montón de indios y campesinos. Había tal tranquilidad en este lugar que te hacía sentir que nunca tenías que mirar el reloj. Había otra cara de la ciudad, sin embargo, que era la presencia militar. Un ejemplo de esto en la vida cotidiana es cuando íbamos al mercado el domingo. El ejército acababa de llegar y empezaba a robar a la gente y matarlas. No les importaba si eran jóvenes, viejos, mujeres o niños. Dejaron una gran cantidad de huérfanos. La violencia era insoportable.

En ese momento, mi marido era dueño de una concesionaria de automóviles. Él iba a Nueva York a comprar camionetas y manejaba 2,100 millas de regreso a nuestra ciudad para venderlas. Tenía una visa de los Estados Unidos para hacer eso. No creo que los militares le gustaba esto mucho porque le dispararon misteriosamente en la pierna. Pasó un mes en el hospital. Esto nos causó cierta alarma, pero nunca esperaba lo que iba a pasar.

Una mañana, cuando mi esposo y yo desayunábamos, mi esposo recibió una llamada de teléfono en nuestro teléfono de casa (no había teléfonos celulares en ese momento). La persona dijo que quería comprar una camioneta y lo necesitaban allí de inmediato. Mi marido salió y un hombre estaba mirando a la camioneta, tratando de hacer ofertas. Le parecía muy sospechoso a mi marido. El hombre se fue y de repente, una camioneta se incendió y explotó, y luego otra y otra. Al final no quedaban camionetas y el negocio fue destruido, pero afortunadamente nadie murió. Al día siguiente, compramos los boletos para irnos a los Estados Unidos.

En Guatemala teníamos una idea de los americanos (estadounidenses). Que son tan honestos y que no hacen mal a nadie. Que no te mienten y no te roban. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que era exactamente la misma corrupción que está pasando en Guatemala, incluso en el gobierno. El mejor ejemplo de esto para mí fue cuando iba a Washington DC para ver la Casa Blanca y la capital, pensando que todo el mundo era tan honesto. Nadie podía romper ese muro que yo tenía en mi cabeza acerca de las personas. Después de crecer aquí, veinte años en este país puedo decir que es lo mismo.

Le dijimos a nuestras niñas que nos íbamos de vacaciones, que era totalmente falso. Ese día a mediados de noviembre de 1989, viajamos desde Guatemala a Los Ángeles con $13,000 dólares. Llevamos a las niñas a “Disneyland,” “Universal Studios Hollywood” and “Knott’s Berry Farm.” Luego tomamos el autobús hacia el norte a lo que entonces era del oeste de Pittsburg, California, ahora es Bay Point. Teníamos amigos que vivían allí y nos quedamos con ellos por un tiempo. Puse las niñas en la escuela. Comencé repartiendo periódicos. Abrigué a las niñas en cobijas y las puse en la parte posterior del vehículo a las tres de la mañana para hacer mi ruta. En uno de esos periódicos encontré trabajo como empleada doméstica para una familia en Alamo.

No tengo nada en contra de los mexicanos, pero no me gustaba la jerga que utilizaban. Cuando mis hijas empezaron a llegar a casa hablando de esa manera, sentí que algo había que hacer. Empezamos a buscar otro lugar para vivir. Comencé a buscar una casa en Álamo o el área de Danville, sin saber que eran lugares caros para vivir. Encontramos una casa en el Alamo que costó $760,000 dólares, que era una fortuna para nosotros. El lugar no tenía calefacción ni aire acondicionado y era tan vieja que crujían con cada paso. A mi modo, el retrato que puedo hacer era que vivíamos en el mejor y más caro de los hoteles, pero en la más barata y vieja habitación.

Pusimos las niñas en una escuela allí, que estaba llena de gente blanca y rica. Nos convertimos en la familia pobre del año. En diciembre nos trajeron comida y un árbol de navidad y todo tipo de regalos, incluyendo $250 dólares para la tienda de Safeway. Me sentí abrumada por la emoción. Pero, para ser honesta, lo necesitábamos. Habíamos acabado de mudarnos el primero y tuve que trabajar hasta el día que nos mudamos para que pudiéramos cubrir el pago inicial. No creo que hubiéramos sido capaces de recuperar el dinero, en tan sólo veinticuatro días,  para darles regalos. Estábamos tan bendecidos.

La familia con que trabajaba me contrató para cocinar y hacerles la limpieza. Tal como yo recuerdo con mis lágrimas, limpiaba los baños, porque nunca pensé que alguna vez limpiaría los baños en mi vida, pero yo sabía que me estaba haciendo una vida mejor para mis hijos. Teniendo en cuenta mi educación, yo no tenía mucha experiencia en la cocina. Tuve que aprender un poco cuando me mudé a Huehuetenango con Enrique, pero he encontrado a alguien que podía pagarme por hacerlo. Yo no tenía mucha experiencia y se notó. Encontré algunas clases de cocina y mis empleadores dijeron que estaban dispuestos a pagarlas. Estas no fueron cualquier clase de cocina, las tomé en la “California Culinary Academy” (Academia Culinaria de California). Cuando me gradué, me decían que podía seguir una carrera en la industria si quería. Decidí continuar con ellos. Ellos se quedaron conmigo. Ahora administro sus tres estados y he trabajado para ellos durante casi veinte años. Yo soy como su mano derecha. Ellos han aceptado mi familia como suya y estoy muy agradecida.

Mido el éxito de mi vida a través de las dos hijas maravillosas que he creado. Ellas son todo para mí. Estoy orgullosa de que no jugaron con los chicos y que quedaran embarazadas a una edad temprana, como algunas de sus compañeras. Sus madres, que eran demasiado buenas para hablar, no hicieron un trabajo tan bueno como yo. Hice mi mejor esfuerzo para educarlas hasta el punto en que dejaron de escucharme. Entonces decidieron por sí mismas. Una vez que cumplieron dieciocho años, manteniéndolas conmigo era como tratar de retener el agua que fluye a través de en mis manos. Una cosa que es una lucha enorme para mí en este país es dejar que mi hijas vivan lejos de mí. Ha sido muy doloroso para mí a pesar de que estamos respirando el mismo aire, compartir el mismo sol y la misma luna. Estoy tratando de ser guatemalteca con un cerebro de americana, pero no funciona.

Ha sido un camino largo y costoso, pero el próximo enero voy a tomar el examen para mi ciudadanía estadounidense. Cuando llegué a los Estados Unidos, tenía una visa de turista. Esta expiró un tiempo después de que estuvimos aquí. En Guatemala, para ser un abogado se debe ser un notario y viceversa. Hemos encontrado un notario que hablaba español y fui a pedirle que nos ayudara a solicitar asilo político. Nosotros le pagamos $12,000 dólares con nuestra tarjeta de crédito, pensamos que era abogado, y el caso que presentó sólo contenía veinte líneas de información y no nos sirvió. En el camino, nos encontramos con muchos otros ladrones, que sólo prolongaban las cosas y las hacía más caras.  Hemos recibido los papeles de asilo político en julio del 2001, justo antes de la tragedia del 9/11, cuando las leyes cambiaron. Más tarde llamé a Rigoberta y le pide que escribiera una carta de recomendación para la residencia. Ella lo hizo y se convirtió en nuestro boleto para quedarnos. En julio del 2002, aplicamos para la residencia y fuimos interrogados durante tres horas sobre la carta, porque pensaban que era una falsificación. Recibimos nuestra residencia en noviembre de 2006. Tendrá una duración de diez años, pero planeo tomar el examen para la ciudadanía el próximo año. Todo este proceso nos costó más de $60,000 dólares.

Creo que es importante señalar que lo único que he pedido a este país es quedarnos aqui. Nosotros, a diferencia de muchos inmigrantes, nunca nos hemos aprovechado de los Estados Unidos. Nunca acepté un descuento o almuerzo gratis para nuestros hijos en la escuela, nunca hemos tenido la ayuda del gobierno. Siempre hemos trabajado para pagar por lo que hemos necesitado y hemos pagado nuestros impuestos desde el primer año que llegamos. Estoy totalmente en desacuerdo con la gente que viene a este país para aprovecharse. He tomado la decisión de no tomar cualquier cosa de forma gratuita. Mi orgullo ha sido muy importante. Siento que puedo verles la cara, a cualquiera de esas madres que no quiso hablar conmigo por muchos años, sin ningún tipo de vergüenza. He vivido con integridad y me he ganado todo lo que tengo.


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