Migration Story
California State University East Bay 
       

Your Subtitle text

Efraín 

Escrito por: Ana Godínez
Traducido por: Miguel Pimentel y Enrique Gonazález

La primera vez que vine yo estaba fascinado por este país porque para mí todo parecía limpio y hermoso.

Mi nombre es Efraín. Nací en Morazán, Guatemala en 1961. Morazán es una pequeña ciudad rica en vegetación y la cultura, a tres horas de Ciudad de Guatemala. Yo vengo de una familia grande, dos hermanos y hermanas y con mis padres éramos nueve en total. Mi mamá era ama de casa y mi papá trabajaba en la agricultura, éramos una familia pobre viviendo en una casa pequeña. Nuestra casa era de adobe y solíamos dormir en una habitación juntos, no teníamos electricidad, en lugar de eso usábamos velas, por lo tanto no teníamos televisión o radio. También recuerdo a mi madre tener que caminar durante veinte minutos al río a lavar la ropa porque no teníamos agua en casa. Pero al menos teníamos ese hermoso río en donde nadábamos  mientras mi madre lavaba nuestra ropa. Mis padres lucharon mucho para poder tener las cosas básicas que necesitábamos,  yo ayudaba en la agricultura desde que tenía siete años de edad. En la mañana me iba a la escuela y por la tarde ayudaba a mi papá. Fui a la escuela sólo hasta el sexto grado, ya que fue el último grado que teníamos en la escuela. Creo que hoy en día la escuela va hasta el noveno grado.

Cuando tenía veinte años de edad, debido a la pobreza en que vivía, decidí unirme a las fuerzas militares donde serví durante tres años. Los tres años más horribles de mi vida, los sargentos eran crueles con nosotros, hacíamos demasiado ejercicio y nos daban de comer sólo para mantenernos vivos. Recuerdo una vez cuando estábamos entrenando que nos dijeron - éramos como setenta - que entráramos en un almacén de madera, de lo contrario que nos iban a matar. Todos corrimos a la casa empujándonos unos a otros y destruimos la casa, porque todos queríamos entrar en ella. También recuerdo una vez cuando mi grupo fue enviado a entrenar en la selva donde había unos soldados que pretendían ser "guerrilleros" nos dijeron que nos uniéramos a ellos y nos ofrecieron un buen dinero, de lo contrario que nos iban a matar. Algunos se unieron a ellos y otras personas sospecharon que era una trampa. Los que se unieron fueron castigados severamente, les pegaron y pusieron sus caras en el agua sucia hasta que estaban a punto de ahogarse. Al resto de nosotros nos dijeron que huiríamos pero con las manos atadas a nuestras espaldas y los zapatos atados a nuestro cuello. Corrimos a través de las montañas por caminos llenos de espinas durante días hasta que llegamos al campamento. Muchos desertaron, pero yo no lo hice porque sabía que en casa no había trabajos. Por lo tanto, serví tres años en una ciudad llamado Puerto Barrios. Todavía recuerdo aquellos tiempos de tristeza y yo doy gracias a Dios que ninguno de mis hijos tuvo que pasar por algo así. Mi hijo y mi hija una vez me dijeron que querían unirse al Ejército de los EE.UU., pero me negué porque yo ya tenía esa experiencia y fue horrible.

Después de eso me fui a casa y comencé a trabajar en la agricultura y conocí a mi esposa Dora. Empecé a coquetear con ella, pero sus padres no querían que se casara por lo que decidimos huir. No teníamos dinero, para empezar uno de mis tíos nos dio un espacio para vivir, así que construimos nuestra pequeña habitación con trozos de madera en la que procreamos dos hijos. Pero mis primos no querían que viviéramos  allí, por lo que arrojaban estiércol de vaca a nuestra "casa". Después que nos cansamos, nos mudamos a casa de mis padres donde también construí una habitación, todavía estábamos financieramente quebrados. No teníamos dinero para comprar comida, ropa o medicamentos para cuando nuestros hijos se enfermaban. Luchábamos todos los días.

Mi hermano fue el primero en emigrar por lo que fue el que me ayudó a migrar también. Él me dio un préstamo de cuatrocientos dólares en ese momento, bueno al menos para mí, era mucho dinero. Al principio estaba un poco dudoso a aceptarlo, pero él me convenció diciendo que aquí en los Estados Unidos iba a ser capaz de pagarle ese dinero en unos pocos meses. Con todas las dificultades financieras que atravesaba yo no lo pensé demasiado, lo único que quería era darle a mi familia una vida mejor. Me tardé ocho días para cruzar México, porque en ese momento creo que no era tan difícil de venir. No puedo recordar los tres primeros viajes muy bien. Recuerdo que viaje en tren desde Tapachula, México, a la Ciudad de México y desde allí tomé un avión a Tijuana. Luego me dirigí a cruzar la frontera.

La primera vez que vine yo estaba fascinado por este país porque para mí todo parecía limpio y hermoso. Empecé a trabajar en un hotel como lavaplatos y aunque yo no estaba haciendo mucho dinero era suficiente para sobrevivir aquí y enviar dinero a mi esposa. Después de un año de estar trabajando en dos puestos de trabajo y de vivir en una habitación con un compañero de trabajo me desesperé por ver a mi familia y decidí regresar a Guatemala con ellos. En ese año había ahorrado suficiente dinero para comprar mi propia tierra y construí mi propia casa que para mí era un sueño hecho realidad a pesar de que era una casa muy modesta. Después de un par de meses viviendo en Guatemala no pude encontrar un trabajo y mi esposa estaba embarazada de nuestro tercer hijo, por lo tanto me vi obligado a volver a los Estados Unidos. Me quedé por dos años trabajando como lavaplatos, pero de nuevo me sentí desesperado por estar con mi familia y me fui de vuelta con ellos. Pero esta vez fue un poco peor, porque yo no tenía nada ahorrado, pero mi necesidad de estar con mi familia era más difícil.

Volví y conseguí un trabajo en una mina. Ese trabajo era muy duro, pero con mi esposa embarazada de nuevo no tuve más remedio. Éramos seis en la familia por lo que era más difícil para mí  proporcionar todo lo que necesitábamos. Y también mi hija menor se enfermaba mucho y siempre estaba batallando para comprar la medicina que necesitaba. Teníamos que caminar durante dos horas para llegar al hospital más cercano. Entonces mi esposa decidió que esta vez iba a venir conmigo a los Estados Unidos. Pagué quinientos dólares por cada uno de nosotros y nos dijeron  los coyotes que se nos iban a llevar a la Ciudad de México y desde allí íbamos a tomar un avión a Tijuana al igual que las otras tres veces, pero esta vez fueron unos coyotes diferentes. También nos dijeron que los quinientos dólares incluyen comida y alojamiento. Estábamos muy tristes porque dejamos a nuestros cuatro hijos bajo el cuidado de mi madre, pero al mismo tiempo emocionados porque juntos íbamos a ser capaces de ganar más dinero y ahorrar para comprar una casa en la ciudad de Guatemala. Comenzamos nuestro viaje a mediados de junio, los coyotes nos llevaron en coche de Morazán a Rethauleu, Guatemala, ya estando allí nos dijeron que íbamos a pasar la noche allí. Ellos nos dejaron allí en una casa abandonada y me dijeron que nos iban a recoger al día siguiente por la mañana. Bueno, la mañana siguiente no vinieron y esperamos allí durante una semana. Los coyotes entonces llegaron con cinco personas más y cruzamos la frontera entre México y Guatemala ese día. Pasamos la noche en un motel en Tapachula, México y los coyotes nos dijeron que nos iban a pasar entre cinco a ocho días allí hasta que pudieran conseguir más gente que quisiera cruzar la frontera de los EE.UU. debido a que éramos sólo siete.

Después de estar en Tapachula por otra semana nos dirigimos a la Ciudad de México, pero ahora éramos como dieciocho personas en el viaje. La mayoría de la gente tenía entre veinte y treinta años y una niña de dos años que viajaba con su padre. Llegamos a la ciudad de México y nos llevaron a una casa pequeña con una anciana. Una vez más los coyotes nos dijeron que íbamos a esperar allí por una semana más, pero entonces nos pidieron nuestro dinero porque decían que con ese dinero se iba a comprar boletos de avión a Tijuana. Todos les dimos el dinero porque todo lo que queríamos era cruzar la frontera. Nos quedamos con esa anciana, que nos dio de comer, y nos trato muy bien durante la primera semana. El tiempo pasó y los coyotes no volvieron hasta un mes después. Ese mes fue muy difícil para todos, porque como he dicho los coyotes nos quitaron el dinero y la anciana no nos daba de comer más. Así que mi esposa y yo empezamos a trabajar en un restaurante que estaba cerca, sólo para recibir el pago con alimentos. Eran tiempos muy difíciles porque teníamos hambre y nos preguntábamos si los coyotes volverían. Algunos regresaron a sus hogares porque se desesperaron. Un día, los coyotes regresaron y lo único que nos dijeron fue que necesitaban más dinero para comprar los boletos de avión a Tijuana y por eso también mucha gente se fue porque no podían permitirse el lujo de pagar más. Mi esposa y yo tampoco, pero queríamos llegar aquí como fuera, le llamé a mi hermano y le pedí prestado trescientos dólares. Sin embargo, los coyotes nos dijeron que necesitaban el dinero en efectivo por lo que nos dijeron que teníamos que decirle a mi hermano que enviara el dinero dentro de una revista. Le dije a mi hermano que enviara el dinero, pero el dinero nunca llegó, no porque se perdió, sino porque nos robaron otra vez. Y los coyotes nos dejaron de nuevo con esa anciana durante un mes y medio. Mi esposa y yo estábamos pensando muy desesperadamente en nuestros hijos y también en mi mamá porque no estábamos enviándole dinero a ella. No queríamos volver a casa porque estábamos a mitad de camino y la anciana nos decía que sabía que los coyotes iban a volver por nosotros. Pero para eso esperamos casi dos meses y medio. Cuando llegaron pidieron más dinero, así que llamé a mi hermano otra vez y le pedí prestado cuatrocientos dólares. Esta vez fuimos a Tijuana y cruzamos la frontera en el interior de la cajuela de un carro. Ese día lo primero que hicimos fue comprar un pollo entero sólo para nosotros dos.

Volví a mi trabajo como lavaplatos y mi esposa comenzó a trabajar  limpiando casas. Después de dos años de duro trabajo pagamos nuestra deuda con mi hermano y ahorramos para comprar nuestra propia casa en la ciudad de Guatemala. Entonces, mi esposa decidió regresar a Guatemala para cuidar a nuestros hijos y yo me quedé aquí para hacer más dinero para ellos.
Después de que el presidente Ronald Reagan les dio una amnistía a las personas que entraron a Estados Unidos antes de 1982, yo aproveché y gracias a la amnistía me convertí en residente de los EE.UU. Después de que me hice residente permanente solicité para mi esposa y mis hijos para venir aquí y después de cuatro años obtuvieron su residencia permanente también. En 1991 llegaron a los Estados Unidos llenos de esperanzas, sueños y ambiciones. Recuerdo recogerlos al aeropuerto y llevarlos a vivir a una habitación que alquilaba con un compañero de trabajo en San Mateo, California. Me sentí tan triste no tener otra cosa que ofrecerles, pero de nuevo por otro lado era más feliz de tenerlos conmigo. Después de un par de meses alquilamos una casa que estaba al lado de la habitación que había alquilado y  vivimos allí alrededor de quince años. Mis dos hijos y dos hijas, todos ellos se graduaron de “San Mateo High School”, solamente mi hija más joven decidió ir a la universidad y se graduó en enfermería. Al principio fue muy difícil para nosotros como familia adaptarse a esta cultura. Mi esposa y yo estábamos muy asustados que nuestros hijos se involucraran en pandillas o usaran drogas por lo que los limitamos en sus actividades. Nunca lo hicieron, son buenos hijos e hijas.

En el año 2000 compramos nuestra primera casa aquí en Hayward, California, con la ayuda de nuestro hijo. Todos nosotros fuimos a vivir juntos a excepción de una de mis hijas que se había mudado a Miami. Mi esposa y yo vamos a Guatemala casi todos los años a visitar a nuestra familia. Nos gusta ir en la temporada de navidad, porque el clima es perfecto, no es demasiado caliente ni demasiado frío, también disfrutamos de nuestra comida favorita y la feria de la ciudad que comienza el 26 de diciembre. Mi papá y mi mamá están vivos y viven en Morazán con mi hermano menor, su esposa y sus tres hijos. Mi esposa también tiene tres hermanas que viven en Morazán. Mi familia está toda separada porque tengo tres hermanas que viven en Nueva York, mi hermano hace poco se mudó a Texas y mi hermana más joven vive en San Mateo, California. A través de los años mis hermanas, mi hermano y yo hemos enviado dinero a mis padres y les construimos una casa más grande con al menos más comodidades.

Tengo viviendo en los EE.UU. más de treinta años, pero todavía extraño mi país y pienso regresar a Guatemala algún día. Hace poco compré más tierras en Guatemala con la esperanza de algún día regresar y construir la casa de mis sueños. Me gustaría retirarme y mudarme a la ciudad de Guatemala y recibir mi cheque del fondo de jubilación.
Agradezco a este país porque me ha dado una gran cantidad de oportunidades que nunca tuve en Guatemala. Es muy triste cuando se tiene que emigrar a otros países no saber lo que el futuro será, sin hablar la lengua y dejando a su familia detrás. Al final puedo decir que todo ha valido la pena porque les di a mis hijos una vida mejor.

Coyotes


Web Hosting