En términos legales, mi migración a este país fue fácil porque mi esposa es ciudadana pero en cuestiones emocionales y espirituales fue más difícil. Conocí a mi esposa en 1992. Nosotros nos cortejamos y nos enamoramos. Mientras cortejaba a mi esposa recuerdo que ella quería pagar por nuestra comida. El permitirle hacerlo hubiese estado en contra de la cultura machista latinoamericana en la que crecí y de la cual me sentía orgulloso, y de cierto modo me hacía sentir un caballero. Mi esposa era parte del ejército estadounidense y había estado en servicio por dos años, al tiempo que yo estaba en el seminario. Cuando terminé mis estudios de seminarista y recibí mi certificado, en su tercer año de servicio, nos casamos. En nuestra luna de miel venimos a los EE.UU. Yo me sentí cómodo porque ya había estado expuesto a varios aspectos de la cultura norteamericana. Mi esposa había tenido una estadía difícil en Panamá, y cuando regresamos de nuestra luna de miel decidí que yo podía inmigrar a este vivir país. Mudarnos a los EE.UU fue una decisión difícil pero mi familia no se opuso. Ellos entendieron que era mi vida y mi decisión, y mi padre quería que yo fuera lo más exitoso posible. No pensé que aclimatarme a mi nueva residencia sería difícil porque pensé que conocía bastante de la cultura.
En Panamá celebramos los días festivos de los Estados Unidos debido a la gran influencia cultural que ejercen las bases militares establecidas ahí. Esa familiaridad y la posición de mi padre dentro de una compañía privada contratada por el gobierno norteamericano me hicieron pensar que vivir aquí sería relativamente fácil para mí. Creciendo en Colón y después en la ciudad de Panamá, recuerdo que la cultura americana está siempre presente. También recuerdo que el día cuatro de julio había una enorme celebración en mi país, pero cuando llegué al área de la bahía esa misma fecha me pareció muy distinta y no tan excitante. Recuerdo que escuchaba la música de R&B y que de niño tenía juguetes Tonka. Yo podría identificarme con la cultura norteamericana por lo que había visto. La presencia estadounidense en Panamá tenía mucha influencia comercialmente pero culturalmente lo panameño era más fuerte.
En Panamá, como en otros países latinoamericanos, cada año se celebra un gran carnaval. Debido a nuestras creencias religiosas, mi familia no se une a la celebración pero está se manifiesta en todas partes. Todos saben que el carnaval es un evento para la toda la comunidad, que dura cuatro días durante la estación de sequía. También se festeja la cuaresma ya que la fe católica es fuerte en el país. Así que existe la costumbre de evitar comer carne roja los viernes, así como también el no asistir a la playa en viernes santo o la persona ¡se convierta en pez! Noviembre es el mes de celebración nacional empezando con el día de la bandera, y al final del mes, el día 28 se celebra la independencia.
Algo que es especial en mi familia es como celebrábamos la Navidad y el año nuevo, a pesar de las diferencias culturales y religiosas. A pesar de que fui criado en la cultura hispánica, mi crecimiento en Colón me permitió adoptar la herencia cultural de ambas raíces, la africana y la hispánica. Mi abuela era un inmigrante de San Andrés, una isla situada en los alrededores de Colombia, y mi abuelo un emigrante de Jamaica. Mi padre fue el primero en la familia que nació en Panamá y su nacimiento ayudo a que mi abuelo no fuera deportado a Jamaica en una época muy perjudicial para los inmigrantes en Panamá. Históricamente Colón tiene la población africana más grande entre los países centroamericanos. Yo aprendí de mi padre – quien se educó por sí mismo para hablar español y luego compitió por una posición política en tiempos de discriminación racial -- que la educación es muy importante.
En ambos lados de mi familia, la navidad es algo muy especial. Es la ocasión en la que estamos y cocinamos juntos. Cocinar los platillos tradicionales como el arroz con pollo, tamales, chícharos salvajes y pastel de frutas era parte fundamental en la tradición y herencia familiar. Durante mi niñez, el día 25 de diciembre salíamos a la media noche a las casas de vecinos, amigos y familiares a comer, hablar y a veces bailar. Imagino como la gente considera el día de hoy ciertas partes de Oakland como peligrosas, y pienso en como seria si un día las personas que viven ahí hicieran lo que hacíamos en mi ciudad los días de navidad. Esta celebración ayudó a formar nuestras habilidades de sociales y emocionales. Cuando se tienen once años de edad uno no piensa en las costumbres sociales sólo en la comida. Pero pensando en ello, el aprender desde pequeño a ir de visita con los vecinos, saludarles y conocerles fue una manera excelente para vivir en sociedad. Fue un tiempo fenomenal para mí.
Nosotros también disfrutábamos de nuestras tradiciones africanas, especialmente del pastel de frutas que ha continuado traspasado líneas culturales. Mi abuela quien tenía raíces africanas lo cocinaba y también mi madrastra quien era latina. Ese pastel era algo que las personas esperaban ver cada 25 de diciembre, ir de casa en casa hasta las tres de la mañana tratando de encontrar el que tuviera mejor sabor. Yo sabía que desde luego mi abuela hacia el mejor. También sé que la tradición de este pastel forma también parte de la diáspora africana. Se puede ver en la Antillas, el Caribe y en los Estados Unidos. En Panamá tiene mucha significación para mí porque traspasa lineas culturales para convertirse en una tradición panameña. Además, existe el orgullo de las tradiciones culinarias y el respeto a las preparaciones laboriosas que conllevan, también pienso que hizo a los hombres más difíciles de convencer porque son más delicados cuando de comida se trata.
Estando aquí en EE.UU yo extraño esas tradiciones. Cuando preparo las comidas tradicionales no parece lo mismo pero de todas maneras lo hago porque quiero sentir los sabores y los olores de los recuerdos. La temporada pasada decidí hacer otra vez el pastel de fruta porque me sentí con el ánimo y además porque me gusta esa tradición y no quiero que desaparezca. La preparación para el pastel de fruta puede durar hasta un mes. Cuando era pequeño aprendí y olí el procedimiento y eso me enseño a ser paciente. Los ingredientes son fáciles de encontrar aquí, si se desea comprar fruta sólo se tiene que ir a la tienda y comprarla en un día pero no tiene el mismo sabor que en nuestros países. Durante esta temporada mi situación económica no fue muy buena y entonces recordé que mi madre y mi abuela tenían que comprar las cosas de poco a poco por la misma razón y no porque fuera una tradición comprarlas así. También me acuerdo del pastel de Johnny, hecho de coco, el cual también es una tradición cultural que extraño y estoy tratando de obtener la receta. Las recetas familiares son como reliquias y no he podido convencer a nadie de que me las dé, pero estoy trabajando en eso.
Extrañar la comida y el tratar de cocinarla aquí me ayuda a mantener mi cultura. Cuando se está aquí en los EE.UU, como parte del proceso de asimilación, se adopta un modo de vida más agitado. Esto también me quita algo de mis tradiciones, por ejemplo el esperar a que las comida esté preparada. Como compartíamos la comida también era algo muy importante en mi hogar. Mi padre a veces invitaba a algún extraño, usualmente alguien de otro país, para compartir la cena. El hacía eso con mucha frecuencia para compartir nuestra cultura y para que nuestra familia también aprendiera de otras culturas. Panamá es un lugar multicultural y comunitario.
En Colón hay un parque que está en el centro y corre a lo largo de 16 calles. A cualquier hora, una persona puede caminar en el parque y conocer a todo tipo de gente de diferentes etnias, razas y nacionalidades. La última vez que estuve ahí fue cuando mi hijo y mi papá caminaron por el parque y se encontraron a unos viejos amigos y entonces pudimos ponernos al tanto los unos con los otros. Esa es la belleza de crecer en una ciudad pequeña. En Colón uno se sentía como parte de una familia muy grande y extraño ese sentimiento de comunidad que no siento aquí. Me gustaría que ver más de eso aquí. Aquí en el área de la bahía no hay muchos panameños como hay en Los Angeles o en la ciudades de la costa este; pero si hay una bandera de Panamá fuera de una casa, una persona panameña espera ser bien recibido por sus compatriotas en su casa.
Yo no sabía realmente el grado de las luchas que existen entre los diferentes grupos étnicos y culturales en los EE.UU. Tampoco esperaba verme inmerso en esa lucha como panameño. En Colón la gente lucha como gente y no por su etnia. Aquí, mi apariencia dice que soy un hombre negro, afroamericano, pero la lengua que hablo dice que soy hispano. Aquí en EE.UU a veces no soy bien recibido en ninguno de estos grupos, hispanos o afroamericanos. Sin embargo, he experimentado los prejuicios en contra de ambos grupos. Uno de mis primeros trabajos fue en el área de la electricidad. Debido a la educación que obtuve en Panamá me fue fácil ascender en jerarquía a pesar de la barrera lingüística. Fui promovido como supervisor en la compañía en la que trabajaba y fue entonces que experimenté la actitud racista y paralizante y el acoso de uno de mis compañeros de trabajo. Como no sabía mis derechos simplemente aguanté el acoso, que me pusieran apodos y sabotearan mis proyectos. Después de un altercado y desacuerdo sobre una solicitud de tiempo libre fui despedido. Después de escuchar mi versión de los hechos, mi jefe permitió que recibiera desempleo por varios meses.
Ya que puedo pasar como miembro de ambos grupos, he visto la ignorancia y el odio que existe entre los afroamericanos y los latinos, los unos por los otros. Afortunadamente, mis creencias y el ser activo en mi iglesia me han ayudado a sobreponerme ante tanto prejuicio y poder interactuar con miembros de comunidades inmigrantes distintas. Creo que las cosas más importantes que un inmigrante debe hacer son: educarse y aprender a conocerse a sí mismo, aprender el idioma y las costumbres para usarlos para su propio beneficio, pero también no olvidar su cultura.