Migration Story
California State University East Bay 
       

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Carolina Melena

Escrito por: Chelsea Miranda, Marzo 16, 2010
Traducido por: Melissa Ordoñez 

Vine a Los Estados Unidos en el año 2000. Mi madre y yo dejamos Bogotá, Colombia debido a la mala situación económica y el impacto que esta estaba teniendo en la gente. No quiero exponer mi nombre o el de algún miembro de mi familia. Nuestra experiencia en Colombia forma parte de nuestro pasado y creo que todo sucede por una razón. Mi historia es algo fuera de lo común o experimentada por pocos.

Crecí en Bogotá, Colombia y mientras estuve ahí disfrute de mi vida. Mi padre nunca estuvo presente y actualmente él vive en España con su nueva familia. Yo lo respeto porque me dio la vida pero no lo considero mi padre. Yo creo que un verdadero padre está presente en la vida de sus hijos y los ayuda en su educación para que desarrollen sus capacidades al máximo. Yo vivía con mis dos hermanos y con mi mamá pero yo soy la menor. Mi madre era aeromoza y pasaba mucho tiempo lejos de nosotros. Fueron mis hermanos y la sirvienta quienes me cuidaban. En 1994 mi hermano mayor vino a los Estados Unidos. Recuerdo que me sentí muy triste porque no entendía porque él tuvo que dejar nuestra familia. Lo recordaba como a alguien muy independiente y siempre trabajando. Yo pensaba que eso era lo que se tenía que hacer cuando sé es mayor.Lo mismo sucedió con mi otro hermano, el también era muy independiente y no necesitaba supervisión. Por otro lado, yo era más pequeña y necesitaba cuidados constantes. Por eso al siguiente año de que mi hermano mayor se fue, mi mamá me envío a vivir con mis abuelos, a dos horas de camino, a una ciudad llamada Anaconcia. Mi madre tenía un horario muy complicado y no podía cuidarnos a mi hermano y a mí. Además en ese tiempo yo empecé a sufrir de arritmia y no podía estar sin supervisión. Mis abuelos estaban jubilados y estuvieron dispuestos a cuidarme y proveerme con la medicina que necesitaba. No resentí que mamá me enviara con ellos, pero si me sentí sola porque de repente mi familia inmediata ya no estaba conmigo. Viví con mis abuelos desde los cuatro años, hasta que mi otro hermano también se vino a EE.UU con nuestro hermano mayor a través del plan de reunificación. La vida en Bogotá con mi mamá era muy agradable. Tenía muchos amigos y excelentes calificaciones. A veces me sentía sola pero me mantenía ocupada con mis amistades. Un día típico comenzaba a las cuatro de la mañana, alistándome para ir a la escuela. El chofer esperaba por mí afuera de la casa desde las cinco de la mañana porque yo tenía que estar en la escuela a las siete. La escuela en Bogotá empieza temprano y los estudiantes tienen que estar ahí a la hora de clase o, de lo contrario, los maestros les marcan tardanza. Además se hacía hora y media de camino desde mi casa a la escuela por motivo del trafico, algo así como en L.A. pero sin autopistas. Por eso salíamos de casa tan temprano

En 1998 todo estaba muy bien con mi mamá, mi padrastro y la fábrica. Mi mamá operaba una fábrica  que vendía productos de limpieza a los negocios locales. Ella era considerada la dueña de la fábrica porque mi padrastro trabajaba como piloto para las aerolíneas de Bogotá. Ahí fue donde ellos se conocieron. Mi mamá era aeromoza y mi padrastro piloto. Pero en 1998 la economía empezó a fallar. Yo no le preguntaba a mi mamá sobre los gastos porque en nuestra cultura los jóvenes tienen que respetar a los mayores y no hacerles preguntas. Así fue que comenzó mi experiencia. En 1998, yo tenía 14 años de edad y todavía me faltaban 2 años más para terminar la secundaria. En ese año, la economía todavía era relativamente, pero para el año siguiente todo empeoró y para el 2000 las cosas se pusieron muy difíciles. La gente empezó a perder sus negocios o empleos. El negocio de mi mamá todavía se sostenía pero la gente comenzó a pedirle dinero prestado. Yo le dije a mi mamá que no le prestara a nadie pero ella de todas maneras lo hizo. Ella tenía fe de que le pagarían y eso fue un factor que contribuyó a que perdiéramos dinero. Como la gente no podía pagarle a mi mamá, ella empezó a perder y cerrar sus cuentas y poco a poco también su negocio. Fue en ese momento que mi mamá me permitió venir a los EE.UU a visitar a mis hermanos a San Francisco, durante las vacaciones de invierno. Yo estaba emocionada por salir de Bogotá pero sobre todo porque vería a mis hermanos. Dos semanas pasaron antes de que volviera a escuchar de mi madre. Cuando al fin llamo supe que algo andaba mal. Me dijo que tenía que quedarme con ellos un poco más de lo que habíamos planeado. Mi respuesta fue "está bien", no recuerdo si no me importo o no quise preguntar qué era lo que estaba sucediendo. Todo lo que ella me dijo fue que la economía andaba mal. Además yo sabía que mi madre recibía llamadas de alguien que la irritaban mucho. No fue sino hasta después que supe la naturaleza de tales llamadas

Después de cuatro semanas en San Francisco, mi madre volvió a llamar, esta vez para decirme que podía regresar. Yo estaba muy contenta por regresar, extrañaba a mis amigos. Además no me sentía cómoda hablando en inglés. Eran finales de enero cuando regrese a Bogotá y procedí con mi rutina normal pero no todo era como antes. Mi madre se había mudado a la fábrica (algo que yo odié) porque ya no pudo pagar por la casa. La siguiente semana, mientras iba a la escuela vi las noticias pero no puse mucha atención a los reportes de secuestros. La razón por la que no puse mucha atención fue que Bogotá es una ciudad muy grande y ocurren crímenes todo el tiempo. Una semana después alguien de nuestra familia murió y yo no me sentía con ánimos de ir a la escuela, así que le pregunté a mi madre si me podía quedar. Para mi sorpresa ella me dijo que sí. En otras ocasiones siempre había dicho que no cuando yo quería quedarme para no ir la escuela. Ese mismo día, mi madre recibió una llamada del director de la secundaria quien le dijo que tres hombres armados estaban esperando por mí afuera del plantel. Yo aun no sabía lo que estaba sucediendo, pero todos los maestros si sabían. Mi mama recibió otra llamada del director avisándole que los hombres se habían ido. Fue entonces que ella me reveló la situación.

Mi madre me explicó que mientras yo estaba en San Francisco alguien le había llamado para amenazarla, diciéndole que me secuestrarían y me harían daño si ella no les pagaba una suma de dinero. Al principio ella pensó que se trataba de una broma de mal gusto pero las llamadas continuaron y ella empezó a preocuparse. Yo estaba muy sorprendida y nerviosa. Mi primer instinto fue llamar a mis amigas y platicarles lo que estaba sucediendo pero eso era precisamente lo que madre no quería. Yo era joven y no sabía cómo manejar la situación y el nerviosismo. Ahora que ya soy mayor, me doy cuenta de lo peligroso de las circunstancias. Los hombres se fueron de la escuela cuando escucharon las sirenas de la policía acercarse. Después, también me di cuenta de que había guardias de seguridad cuidándome desde el momento en que regresé a Bogotá. Una tarde mi tía fue a la casa de mis abuelos y vio a los tres hombres. Ellos estaban ahí porque sabían que todos los días yo iba a visitar a mis abuelos a la hora de la comida. Mi abuela era vieja y nunca salía de su casa, por eso ella nunca había notado que ellos se paraban frente a la casa. Para cuando mi tía contactó a mi madre, ellos ya se habían ido. Fue después de este incidente que dejé de ir a la escuela y de llamar a mis amigos y me fui a vivir con mi mamá a la fábrica.

Duré tres meses sin salir. Por esa razón perdí a todas mis amistades, o tal vez porque ellos ya no quisieron hablarme. Sólo mis familiares me llamaban por teléfono. Tres meses es mucho tiempo y yo no estaba segura cuanto más podría soportarlo. A mi madre la estaba ayudando un detective que trabajaba con la policía. El fue quien me aconsejo que no saliera de la fábrica mientras descubría quien estaba detrás del plan de secuestrarme. No recuerdo su nombre, probablemente porque mi mama era la que hablaba con él. Solamente recuerdo una sola ocasión en la que discutimos mi punto de vista sobre lo que estaba sucediendo. Entonces, un día el llamó a mi mamá y le dijo que teníamos que abandonar el país, y que alguien lo había sacado del caso y no sabía por qué razón. Lo que si sabía, le dijo a mi madre, era que el hombre que estaba detrás del plan de secuestrarme era muy poderoso y no descansaría hasta lograr su objetivo. Mi mama nunca más volvió a hablar con el detective ni supo que fue de él.

Mi padrastro conocía a un abogado en Miami que podría ayudarme. Mi mama lo llamó y él le aconsejó que no dijera nada hasta que llegáramos a Miami. No sé porque fuimos ahí en vez de ir a San Francisco. Sólo sé que los colombianos viajan a Miami para arreglar sus asuntos de inmigración. Recuerdo la mañana en que nos fuimos, el sol brillaba lo que me hizo sentir muy bien porque al fin pude salir de la fábrica. Mi madre y mi padrastro no seguirían juntos porque él decidió quedarse con su familia en Colombia. Yo le pregunté a mi mamá si lo iba a extrañar y ella me dijo: sí y no, porque ahora ella iba a poder estar con sus hijos. Así que abordamos el avión y nos fuimos. El llegar a Miami fue un alivio para mí porque mi vida en Bogotá ya era parte del pasado y empezaría una nueva vida en EE.UU. Todo el proceso duró como un mes. Nos reunimos con el abogado al día siguiente de que llegamos y nos quedamos en un hotel por una semana. La asistente del abogado nos permitió quedarnos en su casa por el resto del tiempo que duró el proceso, lo que tomó tres semanas más. Ella fue quien hizo que el proceso fuera más rápido. No puedo decir que fue lo que pasó exactamente en las reuniones que el abogado y mi madre tuvieron porque ella no me permitía estar presente.  Al final del proceso me convertí en una persona refugiada con asilo político. En este estado no me era posible regresar a mi país y ni quería hacerlo. Mi madre no recibió ese estatus porque mi hermano mayor podía arreglarle  ciudadanía a través del programa de reunificación.  Tengo un solo recuerdo de Miami que nunca olvidaré, cuando fui a la oficina de motores y vehículos y solicite una tarjeta de identificación. Lo que decía la tarjeta fue lo que me dio mucha felicidad, decía "permanent resident" (residente permanente) y sentí que fue un logro.

Después de la visita a esa oficina mi mamá y yo volamos a San Francisco. Creo que hasta lloré un poco porque mi familia estaba reunida otra vez. Por un tiempo toda mi familia (que consistía de mi madre, mi hermano mayor y su esposa, mi otro hermano y yo) compartimos un apartamento de una recámara. Yo dormía en el piso de la sala lo que era incómodo pero no me importaba porque estaba con toda mi familia. En menos de un mes comencé a ir a la escuela, asistiendo al programa de inglés como segunda lengua (ESL) primero. Pasé el examen de español y mis calificaciones fueron muy altas pero en mi examen de inglés no me fue tan bueno y por eso me pusieron en ese programa.  Me acuerdo que una señora en el programa me dijo que no olvidara la gramática del español ni perdiera mi acento. Ella pensaba que era especial. Una vez que completé el programa me enviaron a una escuela secundaria de verdad.  El primer año fue muy difícil porque yo aun estaba aprendiendo el idioma y mis calificaciones eran malas. Además yo pensaba que los otros niños se burlaban de mí. El siguiente año me fue mejor, académica y socialmente, pero todavía no me atrevía a hacer amigos por lo de mi experiencia en mi país. Recordaba como mis amigos dejaron de hablarme una vez que dejé de ir a la escuela.  Fue durante mi tercer y cuarto año en la escuela y desde que llegué a este país que pude desenvolverme y hacer amistad con dos de mis mejores amigas que el día de hoy son como mi familia.

Recibí mi diploma de preparatoria y ahora tengo dos trabajos. Me considero muy afortunada porque sé que otros inmigrantes han tenido experiencias peores a la mía. Ya no se me considera refugiada ni tengo asilo político porque  solicití mi “green card” (residencia) y ahora estoy trabajando en el proceso de volverme ciudadana. Me reuní con un abogado el mes pasado para firmar algunos documentos que legalizarían mi estatus. Porque solicité la residencia permanente perdí todos los derechos que tenía como refugiada y con asilo político. Con ese estatus previo yo podría haber recibido ayuda financiera del gobierno, así como también asistencia para encontrar un lugar donde vivir y buscando trabajo; también, el gobierno hubiera pagado los gastos de mi carrera universitaria.  Desafortunadamente yo no sabía que tenía esos privilegios porque mi mamá nunca me dijo. Me hubiera gustado permanecer con ese estatus precisamente por la razón de que ahora no puedo parar mis estudios.  Sé que me voy a quedar en los Estados Unidos pero no sé si algún día visitaré Bogotá. Yo quisiera ir porque mi abuela se está haciendo más vieja cada día, pero realmente creo que no podré.  Me gustaría agregar que no culpo a ninguno de los individuos que tomaron parte en los intentos de secuestrarme. Entiendo que la falta de dinero causa que hasta los mejores de nosotros hagamos cosas locas y que esas personas, quienes hayan sido, probablemente hicieron lo que hicieron porque la economía en Colombia estaba muy mal. Así que no culpo a nadie. 


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